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Pío Baroja, invitado de lujo en los Goya


Llegó el momento. La polémica cruzada entre el todavía presidente de la Academia española de Artes y Ciencias de la Música, Álex de la  Iglesia, y la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, tenía previsto su clímax morboso ante los focos en el encuentro protocolario  de ambos en el hall del Teatro Real de Madrid, con motivo de la gala de los Goya. Y, así, fuimos muchos quienes escrutamos el directo de  los previos de la ceremonia en Televisión Española para, lejos de pasar revista a la alfombra roja, presenciar el recibimiento que el presidente de la Academia había de hacer a la delegación del Gobierno encabezada por la ministra del ramo.

Y se transformaron los papeles: la  serena cordialidad que De la Iglesia había tratado de trasmitir desde su abrupto anuncio de dimisión, se convirtió en hierática pose. Y la  chulería y prepotencia que Sinde había lucido en todo el proceso de la chapuza de ley que llevará para siempre su apellido, se volvió  despreocupada ligereza, sonrisa a juego con la enorme lámpara de araña del Teatro Real. Y mientras ella le tomaba del brazo, muy  interesada en que todo el mundo viese la pipa de la paz en su rostro relajado, él se erizaba sujetándose el gesto y, quizás, repasando  mentalmente la lista de la compra o la alineación del Athletic de Bilbao.

Pero tenía De la Iglesia un as en la manga. Su discurso durante la  gala arrojó hacia el patio de butacas un coherente alegato en defensa de la conciliación entre los derechos de quienes crean y los derechos  de esos internautas que son, antes que nada, ciudadanos. Lo dijo con las palabras sentidas de quien ama y se dedica al cine. Lo dijo  disparando verdades como puños, convocando a quienes allí estaban a un compromiso a la altura de tantos por los que han tomado la  voz de la sociedad civil crítica en otras ocasiones. Desde la platea, González-Sinde maquillaba de interés y profunda atención su incomodidad. La angustia contenida volvió a armar sus facciones, y el hábil realizador de Televisión Española reparó en ellas justo en el momento  en que la ministra debía de estar pensando en el final de “El árbol de la ciencia”, de Pío Baroja, cuando un personaje desploma despiadadamente la memoria del protagonista y otro se apresura a matizar: “Sí. Pero había en él algo de precursor”.

Escrito por en 27/03/2011. Archivado en Opinión. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. Both comments and pings are currently closed.