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Empapados


Llevamos ya cerca de dos semanas desde que la bocanada de humo blanco saliese de la capilla Sixtina anunciando nuevo papa: dos semanas de exitosa campaña de comunicación desplegada por el Vaticano. ‘Habemus papam’, pero no un papa cualquiera, se apresuran a subrayar. El papa Francisco es, además del primero latinoamericano y jesuita de la Historia, un papa austero, un papa comprometido con los pobres, un papa que paga –religiosamente, y perdón por el chiste malo- su hospedaje en la Casa del Clero, un papa que se salta el protocolo. Un papa, sí, al que se recuerda por su silencio ante la dictadura militar argentina que se costó 30.000 personas desaparecidas hace treinta años –por otro lado, esa connivencia es la historia misma de la Iglesias católica en general respecto a la dictadura-; pero, oigan, un papa que usa el transporte público –y en Buenos Aires se mueve en el colectivo y el subte- y que es hincha futbolero del San Lorenzo de Almagro.

Es imposible negar la relevancia de la personalidad, el personaje, encarnado intrínsecamente por quien ostenta el papado. El papa es el líder espiritual y orgánico de una comunidad religiosa, la católica, con millones de feligreses en todo el mundo. Feligreses, por cierto, que componen un mosaico diverso y plural que no siempre encuentra representatividad en la jerarquía y sus decisiones. Pero además, el papa es la máxima autoridad de una de las organizaciones con más poder del mundo, con más poder en un sentido amplio: capacidad de influencia efectiva sobre la realidad económica, política, cultural y social. Es, por cierto, el Jefe de Estado de El Vaticano, la única dictadura viva en Europa; y digo dictadura a sabiendas de la inexactitud del término, porque el Estado vaticano obedece a una noción de poder y organización premoderna, preilustrada, y por tanto imposible de comparar tanto con las democracias liberales como con los regímenes totalitarios que en la historia contemporánea se contraponen a éstas. El papa Francisco es el último monarca absoluto europeo.

Y hay otra clave en la maquinaria propagandística con la que, a propósito de Bergoglio, la Iglesia católica se lava la cara salpicada por los escándalos financieros y la impunidad de décadas de sus sacerdotes pederastas. Otra clave que aparece velada, latente, en el hito del primer papa procedente del Cono Sur. Mucho se habla de la elección de Francisco como un intento declarado de evitar la sangría de fieles hacia opciones evangelistas. Junto a ello, en términos geopolíticos, hay un reconocimiento implícito a la condición de Latinoamérica de bloque político que está despegando como contrapoder a la visión neoliberal de las potencias occidentales tradicionales y de otras potencias emergentes, contrapoder que debe ser combatido, neutralizado.

Mucho, pues, lo que se dice y lo que no se dice del nuevo papa que es, en resumen y al fin y al cabo, a pesar del torbellino mediático, eso: un papa más.

Escrito por en 20/03/2013. Archivado en Colaboraciones,Opinión. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. Both comments and pings are currently closed.