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Emociones


Habrá quien piense que en tiempos de tanta zozobra como los que vivimos son tantas las desgracias, personales y colectivas, que poca o ninguna importancia puede  tener lo que ocurra en una cancha de baloncesto. Pero ahí, en una cancha, como en un campo de fútbol o en un teatro, en un concierto de Iron Maiden, en un grupo de chulapas escuchando un organillo o en una bandada de niños disputando amistosamente unos juegos escolares, existe algo que existe también en una manifestación y que a veces lo complementa: existe la emoción, existe el ansia por lograr algo que le hace a uno volar un poco por encima del suelo, tan lleno de lodo en estos días.

Muchos son los poetas que han intentado identificar el material del que están hechos los sueños. Algunos privilegiados, sin ser poetas, han ejercido como tales y han regalado a la humanidad algunas sentencias que, sorprendidos nosotros, los humanos del montón, comprobamos que nos sirven cuando rodeamos un Congreso de los Diputados cualquiera y también cuando asistimos en una grada al esfuerzo honrado de unas jugadoras. Nos sirven en ambos casos porque esas sentencias, esos pensamientos, esos poemas, a veces, están hechos del material del que están hechos también los sueños.

Hoy, en Salamanca, yo he sentido eso mismo: la emoción de ver a diez mujeres hechas y derechas llorar de rabia y frustración al quedarse sin su sueño. Y con tantas ganas lo han perseguido durante dos horas, que el sueño, huidizo, ha sobrevolado la cancha y las gradas del pabellón salmantino de impronunciable nombre en el que quizás cinco mil personas, también emocionadas, también persiguiendo su propio sueño, han llorado de alegría mientras las diez mujeres, muy solas, lo hacían de tristeza.

Son emociones. Son cosas inconexas, resbaladizas, difíciles de agarrar y meter en el cómodo esquema que cada cual nos fabricamos para seguir viviendo. Pero no por ello son menos reales. Si uno pudiera recoger con las manos esas emociones y meterlas en una botella de cristal transparente y limpio, podría llevárselas cómodamente a la próxima manifestación, abrir el tapón de la botella y dejar volar las emociones por el aire. No creo que se sintieran extrañas al encontrarse con aquellas que ya anduvieran por allí, airadas unas, aterrorizadas otras.

Así que me atrevo a sugerir que respetemos esas emociones, las de esas diez mujeres y las de los hombres y las otras mujeres que las acompañaron, gota roja en un océano azul, en la grada del pabellón impronunciable.

Es posible que el próximo año buena parte de las jugadoras del Rivas Ecópolis no esté en Rivas, no se las pueda ver en esa cancha de baloncesto, sufriendo y riendo, trabajando también, cómo no. Es posible que un contrato mejor, o unas mejores expectativas, las alejen de aquí. Pero yo pienso retener esa imagen de tristeza porque no es posible llorar así si no duele algo. Si no duele mucho. Si hubieran ganado, si hubieran agarrado su sueño, probablemente su alegría habría hecho buenas migas con la que yo mismo habría sentido entonces, y también con la que sentiría si un viento fuerte barriera para siempre la prodredumbre de quienes quieren hundirnos en el lodo de las calles y ponernos su pie encima para que nunca más salgamos de allí.

¿No tiene nada que ver una cosa con la otra? Sí tiene que ver.

Ya lo digo, son emociones.

Mi sincero y emocionado respeto por Clara Bermejo, Kata Honti, Marina Lizarazu, Queralt Casas, Maja Erkic, Anna Vajda, Oleksandra Kurasova, Anna Cruz, Laura Nicholls, Ziomara Morrison, Aneika Henry, Lucía Togores e Isabel Bueriberi

Escrito por en 26/04/2013. Archivado en Baloncesto,Deportes,Editorial. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. Both comments and pings are currently closed.