El título de este artículo no podía ser otro que una frase de mi admirada Jacinda Ardern, exministra de Nueva Zelanda. Estas palabras me acompañaron mientras desempeñé responsabilidades públicas, y me acompañan ahora que veo la política desde la distancia ciudadana. Cuatro sencillas palabras que resumen una forma diferente de estar en el poder, de entenderlo como servicio y de hacer de la política una herramienta humana, empática y cercana a la gente.

En el mes de noviembre, dedicado a las violencias machistas, he querido escribir este artículo sobre la violencia política por razón de género, un asunto que por desgracia aún sigue siendo muy frecuente y que refleja que los ataques machistas a mujeres que están en política o puestos de poder contribuyen de manera directa a que otras mujeres no se animen a entrar en política ni a luchar por puestos de liderazgo (sólo hay que leer algún artículo reciente de algún representante público que parece no haber entendido aún
que los tiempos han cambiado).

Ser mujer y haberme dedicado a la política ha sido tan duro como apasionante, tan fascinante como desalentador, pues no todos los obstáculos ni todos los enemigos visten el uniforme de los adversarios. Asumir responsabilidades, definir estrategias y organizar equipos representa una dura lucha en la que los egos y las traiciones arrinconan la buena voluntad. Hay fuego amigo y fuego enemigo. Ambos destrozan por igual. Quien niegue esto o bien no sabe de política o sencillamente miente.

La violencia contra las mujeres en el ámbito de la política constituye una de las principales barreras para nuestro acceso y permanencia en los espacios de dirección, representación y decisión política. El hecho de que el acoso, el desprecio, las mentiras y el insulto en redes y medios de comunicación se haya normalizado nos alerta de una situación aberrante.

Personalidades como la propia presidenta Arden o la finlandesa Sanna Marin, ministras como Irene Montero o Leire Pajín, pero también concejalas como Nevenka Fernández o
diputadas como Victoria Rosell, han sufrido en primera persona la crueldad extrema del vitriolo comunicativo. Hay dos cosas que no tienen límites: la estupidez y la maldad. Ambas deben ser extirpadas con el bisturí jurídico de la convivencia democrática si queremos construir una sociedad mejor.

Siempre he creído que la responsabilidad pública está sometida al imperio de la dignidad humana. Por eso tenemos la obligación moral de denunciar aquello que enturbie y  envenene la participación femenina en el mundo de la política.

Representar a un partido de izquierdas y representar a Podemos no ha sido fácil. La hostilidad exterior no ha concedido ningún descanso en sus emboscadas mediáticas y las infecciones internas han ido extendiéndose en lugar de sanarse. La crítica constructiva siempre es positiva, pero el descrédito falaz y la desinformación maledicente no lo son en absoluto.

Así, como botón de muestra, no resulta aceptable recibir amenazas constantes por parte de quienes pierden sistemáticamente todos los procesos internos de un partido como ha ocurrido en Podemos Rivas frente al equipo dirigente que tuve el honor de encabezar. No es aceptable que esas cinco personas se hayan dedicado a difundir comunicados falsos en prensa una y otra vez con el único fin de dañar al Podemos que no los encumbró. Tampoco
es aceptable que esas mismas cinco personas que dicen guardar lealtad a un partido político, se dediquen a hacer campaña abierta contra la mujer candidata a la alcaldía con falsedades despreciables, sin ningún argumento político y con la manifiesta de provocar daños emocionales y personales. Y no, no es aceptable acusar a alguien inquisitorialmente sin pruebas.

Las consecuencias electorales de estas actitudes no tardaron en verse, lo la violencia política machista que vemos en otras esferas en televisión tampoco. Pero, más allá de la demolición desde dentro de un proyecto ilusionante, ¿quién repara el daño personal, la mentira pública, las heridas emocionales y familiares de esa violencia? ¿Deberían los medios someterse a la obligación de contrastar esa información intoxicada y de reparar en su caso las noticias que han sido falsamente difundidas? Claramente yo creo que sí.

¿Alguna mujer va a querer presentarse a un puesto de liderazgo cuando ve campañas hostiles, acosos o amenazas a otras mujeres por el mero hecho de ser mujeres? Es tarea de todos denunciar el bulling político, y también ponerle fin, sea cual sea nuestra ideología, nuestro partido o nuestra línea editorial. Ante los bulos, los ataques despreciables y las noticias falsas, no cabe la equidistancia. Aquellos que se ensañan con las mujeres políticas
demuestran su verdadera cara, dejan a un lado el disfraz progresista y muestran su machismo rancio.

Con este artículo pretendo que ninguna compañera tenga que sufrir ni un ataque más, porque a las compañeras de batallas nunca se les da la espalda. No hay victimismo en mi intención, hay rabia contenida ante la impunidad, frente a la inacción. Mañana te puede tocar a ti, no estarás sola. Seamos fuertes y amables, acabar con la violencia política es tarea de todas.