Si tuviese que describir lo que hacía la mayor con la cucharilla sobre el yogur recién destapado, diría simplemente que buscaba un tropezón de piña en la espesura, o uno de sus dientes de leche. Al intuir mi interés en su maniobra, giró su cabeza y me espetó:
– Siempre que me como un yogur, dibujo la forma de la estrella con la cucharilla para acordarme de Román, de Pepa y Tino, de los bisabuelos, y así.
La parte de mi cerebro que desentierra de mi memoria la verdad se iluminó instantáneamente. Dos años antes, quedé en el baño idénticamente petrificado cuando dijo que Román estaba a mi lado, hablando con ella.
Al regresar a la consciencia del salón con lámpara encendida, le he dicho que es precioso eso que hace antes de comerse el yogur. No he querido ahondar.
Entretanto, he pinchado unas hojas de rúcula con la mirada fija en un punto. Dentro de un cajón queda una pila de conversaciones sobre la muerte, pospuesta.

– La muerte es el gran tema -me dijo hace mil aquella joven escritora a la que apodaban niña salvaje.
En aquellos primeros dos mil, yo escribía para La Gaceta extremadamente local de lo que sucede a la sombra de mi pie, un zine de XL páginas numeradas así, en romano, que no llegamos a distribuir en París ni en Madrid.

El skyline de Rivas es todo cielo, así que, al día siguiente, llamó mi atención aquel edificio moderno recubierto de acero corten, oxidado y rotundo.
Desde el asiento del piloto, antes del cambio de sentido en la rotonda, sólo pude observar ese muro corrido y brutal que el paso del tiempo promete seguir enrojeciendo. Tras aparcar y dejar al peque en su terapia, me acerqué caminando. Al leer en la fachada que se trataba de la iglesia de Santa Mónica, creció mi curiosidad por su estética, más próxima a la escultura actual que a la arquitectura.
Encontré la puerta de la iglesia cerrada. Tan sólo quería entrar, advertir las particularidades del interior, rastrear las simbologías en el arte sacro contemporáneo, y salir. Tras varias vueltas, asumí que es la Iglesia la que entra y sale de nuestras vidas. Cada vez más funerales, cada vez menos bautizos.
En los templos religiosos está escrita también la Historia del Arte. Los visito desde la distancia del observador, como si la espiritualidad me estuviera vetada o me hubiesen inyectado un antídoto. Confirmo cada día a mi alrededor, sin embargo, el devenir que leí en tantas biografías: en la última etapa, su obra se aleja del ateísmo de la juventud aproximándose a temas más espirituales y religiosos.

En los primeros dos mil, la relación Madrid-París era fluida. De cuando en cuando, cruzábamos un puente aéreo entre el barrio de las Letras y Belleville. En aquella ocasión, acudieron a casa tres amigos relacionados con diferentes artes visuales. Uno de ellos era Lucio, un pintor más allá de la bohemia.
Tras desperezarse de una noche de vinos, quesos y digresiones, Lucio se puso un café y dijo que tenía que visitar una catedral. Estaba en la periferia, en un pueblo llamado Majorana, o algo así.
Como la conocía, le conté algún detalle. El tal Justo, agricultor, había levantado en Mejorada del Campo una imponente catedral sin ayuda, con sus propias manos, sin estudios de arquitectura y, tan sólo, con el aval de la promesa que hizo tras superar una tuberculosis.
Aquella misma tarde, Lucio salía en auto stop hacia París, así que pasó por un súper para comprar pañuelos de papel y, bajo un jersey amplio, esconder unas patas de pulpo cocido envasadas al vacío. Partiría desde Mejorada, así que nos despedimos y nos emplazamos la próxima en Aux Folies. Raqui y Ben se quedaron un par de días para hablar del zine y de lo demás.

Una tras otra, he ido dejando pasar cada invitación para visitar la peculiar catedral. Justo falleció hace dos años, y hace más de diez que no visitamos paris à vélo.
Esta noche, después de cenar, la mayor volverá a destapar un yogur. Lo natural es que llegue tarde mi mirada al instante, como cuando el peque enfila una pared rotulador en mano. Si llego, me esconderé para frotar los ojos y secar el mar de lágrimas. Caminaré hasta la cocina a por un vaso y echaré un trago de agua dulce canalizada, mientras diviso cómo discurren perdidas, por ambos lados, las oportunidades.

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Quique Pastor (Madrid, 1976) es un escritor de oficio, dedicado profesionalmente a la creatividad publicitaria y vecino de Rivas desde hace años. Es autor de las novelas 'El niño del Chupa Chups' (2008) y 'El tátara tátara tátara tátarabuelo' (2010) y el poemario 'Ejercicios de incomprensión' (2023). También cabe destacar sus blogs 'La raíz cuadrada de lo que soy' (2012-2013) y 'Ejercicios de incomprensión' (2014-2018), laboratorios indispensables para el desarrollo de técnicas literarias.