A todos aquellos con los que hice Teatro.

 

Ahora, que estas líneas están en tus manos, tú y yo ya estamos armonizados para  conseguir el objetivo establecido. Tú y el otro tú y el otro y el otro y el otro… Todos los «tú» que habéis decidido acudir las tardes de ensayo a acompañaros para crear y recrearse.

Ahora, que estás leyendo estas líneas, ya estamos tú y yo creando mundos nuevos, creando ilusión de vida, creando posibilidades para todas esos otros «tú» que luego quieran vernos. Porque tú sabes que sin ellos no somos nada. ¿Te imaginas un teatro vacío de espectadores? Sería como un mundo con sólo uno de los sexos.

Pero qué te voy a contar, si tú, conocedor del misterio, ya sabes que un actor, en un espacio, junto a otros actores, con unos objetos a su alrededor y cierta iluminación, establecen un sistema de signos para comunicar emociones, sentimientos, pensamientos, segmentos de vida que constituyen ese misterio que llamamos Teatro.

¡Qué te voy a contar entonces, si tú ya sabes que ese actor es un ser humano, que eres tú, y que los otros actores son los otros «tú»! ¡Qué te voy a contar, si ya sabes que el espacio lo creas tú con tu movimiento y que la iluminación surge de tu interior en virtud de la fricción interna, entre tu cuerpo y tu espíritu, cuando, en un acto de suprema generosidad creas y te recreas, para solaz y perfeccionamiento de los otros tú, que te ansían,  normalmente, sentados frente a ti!

Porque tampoco es necesario ya aclararte cómo te diluyes en ritmo, en sonoridad, mientras tu voz se propaga por los espacios hasta los otros tú y perduras, transmutado en música, entre la urdimbre de sus espíritus.

¡Cuánta belleza cuando haces Teatro!

¡Tu imaginación hecha uno con tu cuerpo y tu música llevándote más allá de ti mismo!

Sólo quisiera que ya tuvieras olvidadas aquellas palabras atrevidas que me dijiste cuando caía sobre nuestros cuerpos la fría luz azul de la tarde y el lechoso foco nos confería es matiz desvaído: querías creer que lo únicamente importante en este mundo del teatro era hablar y hablar desde el personaje central de la obra.

Ahora, en este inmenso presente creativo que nos une, sabes que puedes comunicarte, que puedes hablar desde los diseños del escenógrafo, desde la imaginación de la dirección, desde los ojos de la luminotecnia, desde la boca del texto de base o libreto, desde las formas del maquillaje…, y dejarte todo tú a través de ello; ese «tú» de sensaciones, sentimientos, ideas, vida de que antes hablábamos. Porque tú ya sabes que todo eso es Teatro.

¡Tú, que ya estás en posesión del misterio, sabes el derroche de belleza que supone el teatro para que tantas veces lo dejemos escapar!

Por último, cuando el crepúsculo encendía de rojo y cárdeno nuestros rostros, apasionados por la comprensión del misterio, me confesaste que ya habías aprehendido definitivamente que el Teatro no era sólo para hacer reír, que, el que quiere reír, ríe cuando quiere. Porque la diversión –continuabas– no se halla sólo en la risa, la carcajada como pretendías antaño, también está en la reflexión, en la humanidad y en el compromiso de la idea transmitida; y que –proclamabas con emoción– la diversión, entonces, alcanza el rango de dicha, de  felicidad.

En ese momento ya no quedaban fisuras. Nuestros brazos, nuestros cuerpos, cernidos nuestros espíritus, estrechaban a todos los «tú» en un grupo heterogéneo, variopinto, distinto en sus individualidades, pero compacto, sensitivo y creador.

Alumbrábamos así el misterio puro: el Teatro.

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