Hace unos días tuve la oportunidad de acudir al acto donde se presentó ‘Vacío’, un
cortometraje que trata el tema de las violencias machistas. Lejos de pretender hacer una
crítica cinematográfica (mi nivel es muy bajo, soy un apasionado de las comedias románticas), me gustaría hacer una reflexión sobre lo que allí viví, no solo durante la proyección de la película, sino también después, durante el debate que concluyó con la extraordinaria canción compuesta por José Luis Villarroel.

En primer lugar os pido disculpas por alejarme de la Neurociencia, la Psicología o la  Psiquiatría, que son las disciplinas sobre las que suelo escribir en esta columna; hoy me voy a limitar a tratar sobre lo que sentí, lo que pensé y lo que me revolvió.

En un momento del debate se planteó la cuestión de por qué el suicidio no tenía un papel más relevante en el corto; se sugería, parecía estar allí presente, pero no terminaba de explicitarse.

Probablemente, si no fuese ficción, nos hubiésemos encontrado con un nuevo caso de una
adolescente que se quita la vida porque siente que ya no puede más con casi nada, porque se siente vacía. Probablemente, si se hubiese incluido, nos hubiésemos acercado mucho a la realidad. Pero no era el objetivo; al escuchar al guionista y al director quedó claro que la idea era hacernos ver que la mujer es la que tiene la decisión última sobre qué hacer con su vida.

Tengo que reconocer que al principio me pareció un objetivo estéril; “es evidente que las
mujeres tienen la decisión última sobre qué hacer con su vida, no hace falta que me lo
muestren por pantalla”, pensé. Pero en ese momento, en el instante en el que hacía esa
reflexión, me di cuenta de algunas cosas que habían permanecido latentes en mi mente.
Os pongo en contexto; durante muchos años he mantenido discusiones con mi mujer sobre la idoneidad o el sentido de distintas acciones que se planteaban desde el mundo del feminismo.

Algunas reivindicaciones las veía razonables, pero otras me parecían estar teñidas por un
cierto radicalismo que me dificultaba vincularme. Reconozco que llegaba incluso a pensar que eran algo infantiles y, mi mujer, una extraordinaria psicóloga que lleva ayudando desde hace muchos años a muchas mujeres desde una sala de terapia, me trataba de explicar la necesidad de que los hombres lo entendiéramos como algo también nuestro. Y yo, por mucho que lo intentaba, no terminaba de entenderlo. Hasta ayer, cuando me di cuenta de que mi actitud era una forma de violencia institucional hacia las mujeres.

Trataré de explicarlo: en primer lugar, me centraré en los profesionales, en las instituciones
que, muchas veces, tratan a las mujeres como si fuesen niñas, bien porque piensan que sus reivindicaciones no son propias de un adulto o bien porque, cuando acuden a un servicio de salud mental a exponer sus problemas, acaban matriculadas en cursos donde se aplican terapias absurdas. Los servicios municipales no son una excepción, tampoco aquí, en Rivas, donde se imparten cursos financiados con dinero público sobre chakras, energías y otras pseudoterapias. Deberíamos atender sus demandas y ofrecerles un servicio terapéutico de primera calidad, el mejor posible, aquel que realmente pueda ayudar a toda aquella que lo necesite. No lo hacemos, y eso las perjudica seriamente, si bien es importante recalcar mi total convencimiento de que las instituciones, todas, no pretenden bajo ningún concepto dañar a las usuarias que acuden en busca de ayuda. Simplemente tenemos interiorizado que hablar de sus energías las puede sacar del hoyo en el que seguramente se encuentren.

En segundo lugar, debemos centrarnos en ellas, porque tenemos que entender la magnitud de la hazaña que han conseguido. Rescato el pensamiento que me ha llevado a escribir esta columna: es evidente que ellas tienen la decisión última sobre qué hacer con su vida. Y eso, es toda una hazaña. En este país, hace apenas 50 años, las mujeres tenían un papel secundario: no existían, se limitaban a obedecer, a sufrir la violencia consentida y jaleada por una sociedad enferma. No era nada nuevo; durante siglos, seguramente desde los primeros días de nuestra existencia, los hombres nos hemos dedicado a segar su futuro, sus aspiraciones, sus sueños, sus vidas. Nos hemos dedicado a humillarlas, a apartarlas, a emplearlas como arma de guerra, a pegarlas, a matarlas. Durante cientos de años hemos mantenido un estricto y violento control sobre sus vidas. Y ellas, en apenas 30 años, han dado la vuelta a todo esto.

Han logrado avances extraordinarios, han logrado puestos de poder, han cambiado las sociedades, la manera en la que sentimos y pensamos. Han logrado ser dueñas de su cuerpo, de su vida y de su futuro. Han liderado, y lideran, los cambios que este planeta necesita, y lo han hecho sin emplear la violencia, sin destruir al que piensa diferente, sin acabar con el otro sexo. Nos han enseñado la importancia de utilizar un lenguaje inclusivo, de referirnos a “ellas” y no solo a “ellos”. Nos han mostrado lo maravilloso que resulta la paternidad, el poder cuidar a nuestras niñas y a nuestros niños. Nos han recordado lo dañino que resulta el micromachismo.

Lo han hecho ellas, pese a la oposición de muchos hombres que siguen creyendo que las
mujeres no merecen disfrutar de los mismos derechos que ellos. Pese a las instituciones, que a veces en su afán por ayudar acaban perjudicando. Lo han logrado pese al techo laboral, que no es de cristal, es de hormigón y que acabarán (estoy seguro de ello) por derribar. Lo han hecho pese a nosotros. Y eso es algo extraordinario, algo que los hombres no habríamos sido capaces de hacer nunca.

Ahora entiendo lo que mi mujer me decía, y me siento ridículo y estúpido por no haberlo
comprendido antes.