En el escenario político actual, la relación entre la verdad y la política parece más bien una
danza complicada, donde a menudo uno busca imponerse al otro en un escenario de creciente polarización. Sin embargo, esta relación no debería ser vista como una confrontación, sino más bien como una interdependencia necesaria para el funcionamiento saludable de cualquier sociedad.

La verdad es el pilar fundamental sobre el cual se construyen las sociedades democráticas. Es la base sobre la que se toman decisiones informadas y se establecen políticas que afectan a todos los ciudadanos. Sin embargo, en el mundo político, la verdad a menudo se ve comprometida en aras del poder, la conveniencia o la ideología. Los políticos, en su afán por ganar apoyos o mantener el ejercicio del poder, a veces distorsionan los hechos, manipulan la información o, directamente, mienten.

Esta manipulación de la verdad socava la confianza pública en las instituciones  democráticas y en los propios políticos. Cuando la gente percibe que no puede confiar en lo que se les dice, se genera un clima de cinismo y descontento que puede alimentar el extremismo y la polarización.

Por otro lado, la política es también una herramienta para descubrir y establecer la verdad. A través del debate público, la deliberación y el conocimiento, se pueden estudiar la  realidad y, por tanto, tomar decisiones adaptadas a esa misma realidad. Los políticos tienen la responsabilidad de ser transparentes y honestos en sus acciones, proporcionando a los
ciudadanos la información necesaria para tomar decisiones informadas.

¿Cómo podemos reconciliar estos dos elementos en aparente conflicto? Primero, debemos
reconocer que la verdad y la política no son necesariamente antitéticas, sino que pueden
coexistir, aunque sea en un equilibrio delicado. Los políticos deben comprometerse con la
verdad como un valor fundamental, priorizándola sobre la conveniencia política.

Además, es responsabilidad de los ciudadanos demandar la verdad en el discurso político. Esto implica ser críticos con la información que recibimos, buscar fuentes confiables y estar
dispuestos a cuestionar a nuestros líderes cuando se desvíen de la verdad.

La verdad y la política son dos fuerzas interdependientes que deben trabajar en armonía para construir sociedades democráticas. Solo cuando los políticos abrazan la verdad como un principio rector y los ciudadanos exigen responsabilidad y transparencia, podemos esperar un sistema político que realmente sirva al bien común.