Es el tiempo que transcurre, en nuestro país, entre dos ictus (o accidente cerebrovascular). En otras palabras, si estuvieras en una sala con 30 personas, desde un punto de vista estadístico, en una hora verías como 11 de esas personas sufren un ictus. En España, el número de nuevos casos de ictus asciende 120.000, falleciendo alrededor de 40.000 personas al año. En Europa, el numero de muertes anuales atribuibles a esta patología asciende a 650.000 ciudadanas y ciudadanos. Para hacernos una idea de la magnitud del problema, en mayo, en plena pandemia, el SARS-CoV-2 era el responsable del fallecimiento de 145.000 personas en el viejo continente.

Es importante señalar que esta enfermedad aumenta de forma proporcional con la edad; según el estudio de prevención del riesgo de ictus (PREV-ICTUS) el riesgo de sufrir esta patología en personas mayores de 60 años es elevado, riesgo que se incrementa si presentamos un diagnóstico de hipertensión arterial.

En todos los casos, la prevención es un elemento fundamental. Pero no siempre podemos prevenir la aparición de una enfermedad de este tipo; es cierto que podemos manejar  ciertas variables, como el control de la tensión, una alimentación sana, etc, pero la edad es un factor que, a pesar de que seguramente nos encantaría hacerlo en más de una ocasión, no podemos modificarlo a nuestro gusto. Esto implica que la atención a los pacientes que sufren esta enfermedad es una medida clave en la posible recuperación de las funciones cognitivas y motoras que pudieran verse dañadas como consecuencia del accidente.

En España contamos con el Centro de Referencia Estatal de Atención al Daño Cerebral  (CEADAC), dependiente del Imserso. He tenido la oportunidad de visitar el centro e incluso de colaborar con ellas, y puedo garantizar que es un centro que cuenta con unas profesionales y unos medios extraordinarios, que lo convierten no ya solo en un centro de referencia nacional, sino que me atrevería a decir que internacional. Sin embargo, en los requisitos de admisión al centro, hay uno que siempre me ha llamado la atención; en él se señala que, para ser beneficiaria de los programas de intervención directa, se ha de ser mayor de 16 y menor de 45 años.

Si volvemos al segundo párrafo de este artículo, decíamos que el riesgo de ictus se incrementa con la edad, siendo elevado en personas mayores de 60 años. ¿Qué ocurre con estas personas, la mayoría, que sufre el infortunio de padecer esta terrible enfermedad en esos años en los que deberían estar disfrutando de su jubilación? Si alguna lectora o lector se ha visto en esta situación, creo que estará de acuerdo conmigo en que, prácticamente, se ve abandonado a su suerte. No hay recursos públicos que permitan el diseño y la ejecución de un tratamiento que busque la mejoría del paciente. En otras palabras, si no tienes dinero, estás sola.

Es por ello que, en mi opinión, los gobiernos municipales deberían tomar nota de este problema y aportar soluciones. En Rivas, el presupuesto participativo gestionado por la
Concejalía de Participación Ciudadana y Barrios cuenta con 350.000€. Si a eso le sumáramos partidas de la Concejalía de Salud Pública y de la Concejalía de Bienestar Social, podríamos crear una estructura de carácter municipal que diese atención especializada a todas aquellas vecinas y vecinos que se encuentran en una situación de desamparo al no tener tratamiento para su enfermedad.

Esto supondría una mejora muy significativa de su calidad de vida. Y, además, podría suponer una fuente importante de desarrollo científico y económico para el municipio; acercaría la Ciencia a la población, a través de talleres y jornadas, sería factible establecer acuerdos con el CEADAC para la formación del personal del centro, e incluso optar a las numerosas ayudas europeas en colaboración con otros centros de naturaleza similar de otros países de la Unión, siempre buscando la autofinanciación del servicio.

Es muy probable que nos encontremos con que los gobernantes de turno nos aclaren que  las competencias no les permiten desarrollar tales proyectos; que no nos engañen: cuando hay voluntad política, se puede desarrollar prácticamente cualquier iniciativa.