Detrás de todo argumento hay “una idea”, esa abstracción mental que hacemos de algo, como una imagen de una forma real que vemos o sentimos y por lo tanto reconocemos.

Todos estos días se ha estado hablando de teorías como la queer, seguramente la mayoría de las personas que la han utilizado no sepan ni el significado de la palabra en inglés hablado en Estados Unidos, un inglés distinto de otros países anglosajones: “unusual or strange” RARO, término que aún se considera ofensivo o despectivo en algunas comunidades más conservadoras, mientras que, para otras, es un término que describe una orientación sexual, identidad de género o expresión de género que no se conforma con la sociedad.

Todos esos discursos se han hecho para defender una idea, la idea de que una persona que nació con unos genitales externos, no puede ser otra cosa que lo que le dan esos genitales, es decir lo que los clásicos y la sociedad imperante hasta ahora llama “binarismo, una disyuntiva, el ser hombre o mujer” y eso sabiendo que a veces la genética o el sistema endocrino no encajan aquí, como son los estados intersexuales que estudié en ginecología en mi formación universitaria, allá por comienzos de los 80.

Todas y todos, bueno, la mayoría “no conservadora”, critican a la sociedad imperante con apelativos o adjetivos como “Patriarcado, heteropatriarcal…”, pero a la hora de la verdad reproducen sus patrones y sus modelos para argumentar sus ideas.

Yo soy muy simple y quizás poco académica, he de reconocer que hasta hace pocos años desconocía que era trans; de hecho, de pequeña sabía que era una niña, luego una joven y por fin una mujer, sin menstruar sí, pero mujer. Ahí están los artículos que sobre mí se pueden encontrar y leer en Google, y lo más importante por lo menos para mí, lo que hay en mi memoria desde mi más tierna infancia, pues nací y crecí dentro de una familia tradicional, con una educación tardofranquista y una juventud en la transición democrática, que muchas veces añoro, porque viví una libertad en peligro sí, pero una libertad con solidaridad y no como se vive ahora.

Desde los 11 años soy consciente de lo que soy y he sido siempre, una mujer, entonces para mirarme al espejo escondía algo entre mis piernas hasta hoy, que ya no escondo nada. Tardé toda una vida en decirle al mundo quién era, una vida con un sufrimiento inútil, no aceptándome a mí misma por culpa de los demás, de mi educación, de los prejuicios religiosos, de esa sociedad que como he dicho anteriormente muchas y muchos llaman patriarcal. El salir al mundo como quien era, supuso para mí un alivio y pensar que me moriría siendo por fin yo, delante de todas las personas que me han conocido, sin esconder nada, para eso pagué un peaje o un precio muy alto, dejé lo que amaba para amar lo que era.

Ahora hay gente que quiere que vuelva a esconderme porque no me ven como una mujer, sino como una persona enferma (tal y como escribí en el examen de psiquiatría en la pregunta de trastornos sexuales allá por los 80), gente que piensa que está bien que fuera al psiquiatra para poder cambiar mi nombre y mi sexo, aunque el mismo psiquiatra me dijera que “era un mero formalismo porque así lo imponía la ley y no la comunidad científica y la OMS”.

El fundamento de peso de estas personas para la no reforma de la ley 3/2007 actual, es en aras de la seguridad jurídica, en este caso de las mujeres contra las personas que se denominan mujeres después de que en su nacimiento se les haya asignado otro sexo de acuerdo con su genitalidad externa. Pero es que, además de enfermera soy abogada, que le vamos a hacer y el principio de seguridad jurídica que consagra nuestra Constitución Española (CE) en su art. 9 fue 2 y ha sido uno de mis favoritos, este principio está ligado a la “publicidad de las normas”, con el fin de que el/la ciudadano/a “sepa a lo que ha de atenerse y las consecuencias jurídicas de sus actos”, también pensado para paliar en parte otro principio del derecho como es el de “Ignorantia juris non excusat”, el desconocimiento del derecho no exime de su cumplimiento, que contempla el Código Civil en su art. 6.1.

El fin de la norma es regular la convivencia solucionando los problemas de las personas, protegiendo un bien jurídico, aquí sería el libre desarrollo de la personalidad de las personas trans. (art. 10.1 de nuestra constitución) y tiene que ser interpretado este desarrollo de la personalidad  tal como expresa el mismo art. 10 en su apartado 2. “Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España”.

El derecho ha de velar por el cumplimiento de la ley, pero nunca a costa de la libertad de las personas y de su vida. Además, el derecho ha de prever que haya individuos que se aprovechen de una ley para incumplir otra, es lo que llamamos abuso de derecho, por eso el matrimonio tiene causas de nulidad y anulabilidad, pero nadie se cuestiona prescindir de la libertad de los individuos que se casan, ni suprimir el matrimonio. Yo creo que estas personas confunden el derecho a su antojo bien por ignorancia bien por mala fe y que no hacen sino señalar a unas personas, como somos las personas trans, ponernos en un punto de mira y generalizar unos hechos aislados a todo un colectivo, para desprenderles de los derechos constitucionales que les asisten, así como los reconocidos en organismos e instancias internacionales a los que España pertenece.