Drama, sí; dramatismo, no

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La crisis del coronavirus está trayendo, como consecuencia difícilmente evitable quizás, la aparición de posturas y conductas que no sólo no ayudan en nada a la contención de la epidemia, sino que en todo caso la agravan.

Esta epidemia es grave, muy grave, ya es pandemia. La cuestión para medir esa gravedad no puede ser sólo si produce un índice mayor o menor de muertes. Y decimos “sólo” porque, claro está, ese dato es fundamental. Pero no es lo único a tener en cuenta. También está la crisis económica y social que está a punto de producir, crisis que puede resolverse positiva o negativamente. Nos explicamos.

La inmensa mayoría de la población española no recuerda una situación equivalente a la actual, con centros educativos, culturales, deportivos y sociales cerrados. Con limitación en la cantidad de personas que pueden reunirse en un mismo evento. Con aparición de comportamientos acaparadores en los supermercados. Con desbordamiento de la Sanidad como nunca se había producido. Con recomendaciones de no acudir al centro de trabajo si es posible realizarlo por medios telemáticos. Con llamamientos a NO utilizar el transporte público. Con la petición, en definitiva, de que, a ser posible, nos quedemos en nuestras casas.

A nadie se le puede ocultar que una situación así puede llevar directa y rápidamente a un colapso del sistema. Los comercios y negocios en general, pero muy especialmente los más pequeños, no están en situación de afrontar lo que las medidas puestas en práctica conllevan en el descenso del consumo en términos generales. Sólo las grandes corporaciones tienen (por el momento) un margen de maniobra que les permita aguantar.

Este camino al colapso es el que marca la gravedad de la epidemia que soportamos. Porque ninguna otra en el pasado reciente ha provocado en tan corto periodo de tiempo, de forma tan brutal, un cambio tan radical de los parámetros y las rutinas en las que nos movemos a diario. Y es en este contexto en el que habrá que reflexionar acerca de las políticas públicas que en materia de Sanidad se han llevado a la práctica en varias comunidades autónomas en los últimos años, empezando por la nuestra. Políticas públicas consistentes en reducir el personal y el número de camas en hospitales públicos, lo que ahora sin duda está llevando a una considerable maor dificultad para endfrentar esta crisis.

Y esta gravedad de la situación supone un drama, qué duda cabe.

Sin embargo, hay dos formas básicas de afrontar una situación dramática por parte de la población en general: con o sin dramatismo. Para deshacer el aparente contrasentido, es necesario explicar que una cosa es lo dramático de la situación (constatar, en definitiva, que las cosas son como son, sin pretender restarles importancia); y otra muy distinta hacer de esa constatación la inspiración de nuestra actitud vital, pasándonos al bando del dramatismo. Es decir, de una actitud consistente en pensar y transmitir no sólo que las cosas están muy mal, sino que necesariamente van a empeorar PORQUE todo lo que hacen los demás contribuye a empeorarlas.

Estos días es posible encontrarse con peleas absurdas en las redes sociales entre gente que, posiblemente, no habrían chocado hace tan sólo unas semanas en los términos que lo están haciendo. Un ejemplo será seguramente suficiente para hacerse entender: en un grupo de Facebook de Rivas Vaciamadrid, una persona cuelga un comentario en el que recrimina que el Ayuntamiento esté utilizando las máquinas “sopladoras” para barrer las aceras. Argumenta que con esas máquinas lo que se consigue es transmitir más fácilmente el virus del COVID-19 hacia los viandantes o hacia las ventanas de las viviendas.

Otra persona le contesta que si se están usando esas “sopladoras” será porque el Ayuntamiento tiene constancia de que no suponen un riesgo en el sentido que la primera persona dice.

Inmediatamente se empieza a producir la típica polarización, por un lado entre el primer comentarista y el segundo, que comienzan a acusarse mutuamente de negativismo en un caso, o de ceguera en otro. Al mismo tiempo, el hilo comienza a atraer a cada vez más comentaristas que se posicionan, lógicamente, de un lado o de otro. El resultado es que varias personas (y no sólo los iniciadores de la polémica) acaban insultándose de manera cada vez más violenta.

La tendencia que se da en este ejemplo entre los participantes en el hilo de comentarios, es a descalificar las opiniones de los demás y, sobre todo, a hacer de la defensa de las propias una cuestión de orgullo o de amor propio.

Esta actitud será, aplicada en general a nuestra actitud ante esta crisis, la que llevará a una “solución negativa” a la misma, porque de esta crisis saldremos más enfrentados y sin haber aprendido nada positivo a cambio.

Al mismo tiempo, en Madrid capital se están extendiendo varias iniciativas en las que estudiantes que no pueden acudir a sus clases, o personas en paro o sin actividad laboral, se están ofreciendo para cuidar a niños y niñas cuyos padres necesitan acudir a sus centros de trabajo y no pueden dejarlos solos en casa. No sabemos si la iniciativa se habrá extendido ya al cuidado de personas mayores que vivan solas, o cuyos familiares tampoco puedan quedarse en casa para cuidarlos y no tengan un Centro de Mayores abierto al que acudir.

No es necesario hablar mucho de una iniciativa así. Supone sacar lo mejor de cada cual y ponerlo al servicio de otra gente. Es un sentido solidario de la vida que contiene el germen de todo aquello que puede depararnos la “otra solución” a la crisis. Una solución positiva que implicará que aprendamos a movernos y a relacionarnos de una manera distinta de la que la mayoría nos hemos acostumbrado en las últimas décadas.

Será algo que nos servirá para mucho ahora, pero también cuando el coronavirus, con el desgraciado rastro de bajas que acabe teniendo, pueda ser controlado.