El afronauta comentó, hace una, que llevamos décadas aprendiendo a posar. Me acuerdo de esa frase mientras el compañero perro husmea una esquina y una quinceañera hace una sesión de fotos a su amiga en medio de la acera.
La modelo pregunta si está en modo Retrato, para difuminar el fondo gris del hormigón y la pintura blanca descascarillada de la valla. Sus mochilas en el suelo, a un lado, apartadas. Con pulso de cirujano, la chica encuadra y dispara hacia la que simula estar en el limbo, posando de perfil. Debe ser la hora del recreo en el instituto Europa.

Mientras dejo atrás la escena, diviso una cámara de seguridad a la entrada del siguiente chalet. Decenas de chavales, en la acera de enfrente, sostienen sus teléfonos móviles. Un coche estaciona marcha atrás mientras me cruzo con su cámara de asistencia al aparcamiento, que también habrá dejado constancia de mi lentitud y de mi absurdo atuendo. Anoche, cuando Nick señaló que se podría desarrollar una serie de televisión con todas las imágenes que nos han robado, estaba en lo cierto.

Otro afronauta que desconoce el espacio exterior, bailaba junto a un lecho de roca terrosa cuando se convirtió en imagen, paralizado en el tiempo por Cristina de Middel, como el programa espacial de Zambia o como el proyecto de un gran complejo al que bautizaron Ciudad de la Justicia.
Luce un traje acolchado con vistosas mezclas cromáticas en sus estampados geométricos, y botas plateadas. La mochila espacial parece una caja de zapatos forrada con otras geometrías de alegría multicolor y asas en fucsia. En la cabeza una pecera redonda y ennegrecida, como si estuviese permitido fumar dentro, reciclada en casco de cosmonauta.

En 1964, en una Zambia recién independizada, se ideó un programa con la intención de mandar a la luna a doce astronautas y a diez gatos, rebasando así a los Estados Unidos y a la Unión Soviética en la carrera espacial.
La idea sólo llegó a las altas instancias terráqueas por la falta de ayudas y por el embarazo de una de las astronautas escogidas, de dieciséis años. En la piel de Zambia, se trata sólo de una pequeña cicatriz que nadie recuerda cómo se hizo. El proyecto fotográfico Afronauts documenta, cincuenta años después, aquella historia fronteriza entre realidad y ficción.
Estaban los cuatro dispersos en el suelo, donde yacen folletos y documentos que introducen por la ranura de la puerta.

En el interior de cada uno de los sobres, una imagen del trasero de un coche y un semáforo en rojo. Junto a cada foto, otro papel con una carta del Ayuntamiento añadiendo detalles y la cuantía de las multas, acumuladas durante tres años hasta dar con nuestro paradero.
En la actualidad, Nick y yo juraríamos que el semáforo estaba en ámbar y que no estábamos allí. Sin embargo, esas malditas fotos documentan verazmente la errata de la memoria y la certeza de que, a día de hoy, no existe sobre la faz de la Tierra un solo hombre invisible.

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Quique Pastor (Madrid, 1976) es un escritor de oficio, dedicado profesionalmente a la creatividad publicitaria y vecino de Rivas desde hace años. Es autor de las novelas 'El niño del Chupa Chups' (2008) y 'El tátara tátara tátara tátarabuelo' (2010) y el poemario 'Ejercicios de incomprensión' (2023). También cabe destacar sus blogs 'La raíz cuadrada de lo que soy' (2012-2013) y 'Ejercicios de incomprensión' (2014-2018), laboratorios indispensables para el desarrollo de técnicas literarias.