El 7 de diciembre de 1585, de acuerdo con las crónicas de la época, las tropas que componían los tres tercios comandadas por Francisco de Bobadilla se encontraban rodeadas por un ejército holandés dispuesto a acabar definitivamente con el dominio español en la Guerra de Flandes. Ese mismo día, un devoto soldado español, haciendo un hoyo en el dique para guardarse debajo de la tierra de la artillería que los navíos enemigos disparaban, se encontró con una imagen de la Virgen de la Purísima e Inmaculada Concepción. Dicho hallazgo fue interpretado por los tercios como una señal divina que, al  parecer, se tradujo en un descenso de las temperaturas que permitió a nuestros tercios romper el cerco atravesando los ríos helados, asaltar los navíos holandeses que quedaron atrapados y ganar la batalla.

Se preguntará qué tiene que ver este episodio de los tercios con el más que probable  segundo confinamiento. En mi opinión, ambos episodios están muy relacionados; el “milagro de Empel”, tal y como se conoce este episodio, contribuyó aún más a  demostrarnos cómo lo emocional nos domina en detrimento de lo racional, en el predominio de nuestras creencias sobre nuestra capacidad de reflexionar. En definitiva, en nuestra asombrosa capacidad de estar siempre en los extremos.

Y aquí es donde creo que podemos establecer la conexión con el segundo confinamiento.  No sé si les está pasando como a mí, que estoy viviendo los rumores del confinamiento con una cierta desazón. Desazón porque constata nuestra incapacidad para tomar decisiones pausadas, reflexionadas, basadas en el conocimiento adquirido previamente en acontecimientos similares, cuando no iguales. Y somos incapaces porque, como aquellos valientes soldados de los tercios, necesitamos estar en los extremos para funcionar.

Déjenme que les presente mis argumentos. Desde marzo de este año hasta la fecha de la
publicación de este artículo, no hemos sido capaces de reflexionar como país sobre las formas “reales” de transmisión del virus, sobre las causas de la incidencia (número de nuevos casos en un periodo de tiempo determinado) o la prevalencia (número total de casos acumulados en un periodo de tiempo determinado) de la COVID-19, sobre el riesgo de infección en la población vulnerable, sobre si nuestro sistema sanitario ha sido capaz de resolver las enormes dificultades que le ha planteado la pandemia o si, por el contrario, se ha mostrado ineficaz, sobre el papel de nuestr@s científic@s y la necesaria profunda reforma estructural de la arcaica I+D+i española, sobre la asombrosa desaparición de los municipios en la gestión de los problemas que el SARS-CoV-2 ha causado a l@s ciudadan@s, sobre las actuaciones realizadas en estos meses por nuestras pequeñas, medianas y grandes empresas, sobre la escasa dotación tecnológica de los centros de educación y la preocupante formación tecnológica de nuestros docentes que ha impedido el desarrollo normalizado de una parte del curso, y así un largo etcétera.

Y no hemos sido capaces de reflexionar sobre todos estos aspectos porque hemos decidido, voluntariamente, situarnos en los extremos, que es donde nos sentimos más cómodos. E
insisto en que, en los extremos, es imposible la reflexión. Y así, nos hemos dedicado a ver
quién tiene la culpa de la pandemia (cómo si fuese posible hacerlo), a cuestionar la cifra de
fallecidos para confirmar nuestra creencia (que no reflexión) de que nos están engañando, a jugar al interminable, inútil y aburrido juego de “quítate tú que me pongo yo”, a hacer cábalas en clave política, a contribuir a elevar las denominadas fake news a la categoría de noticias verdaderas, etc. En definitiva, que nos hemos dedicado a cualquier cosa menos a analizar lo ocurrido para así poder anticiparnos a lo que está por llegar.

Y el resultado es muy preocupante; se habla de un segundo confinamiento para bajar la
tristemente famosa curva sin reflexionar sobre la efectividad de la misma a largo plazo.
Nuestro posicionamiento, extremo, nos impide valorar la posibilidad, por ejemplo, de realizar confinamientos selectivos basándonos en un análisis de las poblaciones. Por ejemplo, podríamos afrontar esta segunda (o tercera) ola proponiendo el confinamiento de la población vulnerable (personas mayores), para así centrar en ellos los recursos que tenemos (trabajadoras sociales, psicólogas, enfermeras, médicas, auxiliares, rastreadoras, etc).

De este modo fomentaríamos las visitas domiciliarias, elaboraríamos y ejecutaríamos programas de estimulación cognitiva y apoyo psicológico para evitar el deterioro producido por la falta de contacto social, etc. En otras palabras, llevaríamos a cabo otra política de asignación de recursos para este segmento de la población más eficiente, más eficaz y, sobre todo, más centrada en la persona que generaría resultados diferentes a los obtenidos en marzo.

Podríamos haber dedicado el tiempo a formar al personal “no esencial” de los  ayuntamientos para que actuasen como rastreadores locales; de este modo, al fragmentar el problema de la detección de nuevos casos (incidencia), tendríamos más posibilidades de controlar la transmisión del virus. Podríamos haber formado a nuestros docentes para el uso de las nuevas tecnologías, sobre todo al profesorado universitario, ya que el confinamiento de los estudiantes de las distintas universidades reduciría, con total seguridad, la incidencia de la COVID-19. Créanme cuando les digo que es posible dar clase online sin que se vea perjudicado el proceso de aprendizaje de los alumnos: mi experiencia como profesor en distintas universidades me lo ha demostrado durante los últimos años.

Podríamos haber desarrollado programas a nivel municipal de digitalización de nuestro pequeño comercio, es decir, podríamos haber dedicado el tiempo, el dinero y los recursos a fomentar el comercio online de aquellos que no tienen esta herramienta aún desarrollada. No es difícil organizar cursos de formación para pequeñas empresas en las que se les instruya sobre cómo vender a través de la Red. De este modo, si las autoridades deciden llevar a cabo un confinamiento severo, el impacto en la economía quizá, y digo sólo quizá, sería menor.

Podríamos, también, haber financiado desde la administración regional y municipal,  proyectos de investigación para frenar el avance del virus. Proyectos nuevos, originales, arriesgados, diferentes a los financiados por las grandes convocatorias nacionales o internacionales, muchas veces ancladas a las líneas de investigación más tradicionales. Es una forma de dar la oportunidad a much@s cientific@s jóvenes para demostrar su talento, el mismo que luego tenemos que recuperar porque se busca la vida fuera de nuestras fronteras.

En definitiva, podríamos haber hecho muchas cosas si nos hubiésemos dedicado a  colaborar, a escucharnos, a fomentar en lo que estamos de acuerdo más que a resaltar nuestros desacuerdos. El no haberlo hecho nos obligará a un segundo confinamiento, a adoptar medidas que ya se proponían como las únicas posibles durante la Edad Media y los siglos que la sucedieron.

En eso, también, nos parecemos a la España de aquellos valientes tercios.