Hace unos días, asistimos atónit@s a la masacre de Uvalde, en Texas (EEUU). En mi caso, no pude dejar de pensar en ello mientras dejaba a mi hijo en la escuela, donde acude cada día de lunes a viernes con la ilusión contagiosa que genera la pasión por aprender y encontrarte con los tuyos. Suelo despedirle en la puerta, justo antes de que le recoja su profesora, con un “diviértete” o un “aprende mucho”. No me imagino tener que decirle “ten cuidado” o “si ves a alguien disparando, escóndete”. Los números de menores (y profesoras) asesinados en Uvalde me impactó, sin duda, pero, para serles sincero, la emoción sólo me embargó cuando leí la historia de alguna de las víctimas o cuando vi las imágenes de es@s niñ@s sonrientes días antes de perder la vida.

No quiero centrarme en los aspectos psicológicos que rodean a la figura de Salvador Ramos, el asesino de Uvalde, ni tampoco en las motivaciones que hacen que una gran parte de los norteamericanos defienda el portar armas como una medida innegociable para ellos. Quiero analizar las sensaciones que tenemos cuando leemos noticias de este tipo y no terminamos de conectar con ellas. Entiéndame cuando me refiero a conectar: por regla general leemos que en una escuela han asesinado con un fusil de asalto a 21 personas y, a continuación, pasamos tranquilamente a comprobar si el número de lotería que llevamos ha sido premiado. Este comportamiento no supone, en ningún caso, una prueba irrefutable de que seamos psicópatas; ya tratamos en otro artículo la empatía y el altruismo, pero hoy vamos a hablar de un nuevo concepto: el entumecimiento o adormecimiento psíquico.

Nadie cuestiona que nuestro cerebro está preparado para empatizar con los otros, ya sean de nuestra especie o de especies distintas. Si alguien aún lo duda, podemos hacer una prueba: les propongo ver este video y que, una vez finalizado, comprueben si se han emocionado o si, por el contrario, han podido permanecer impasibles.

La explicación a la emoción que están sintiendo es la facilidad que tenemos los seres  humanos para empatizar con el otro; esta capacidad se ve afectada en algunas patologías, donde la denominada teoría de la mente está gravemente alterada. Sin embargo, en condiciones normales, experimentar una escena así nos genera una profunda emoción. Si buscásemos en nuestro cerebro veríamos que las zonas responsables de la generación y el control emocional (lo que técnicamente se denomina sistema límbico), están muy activas; en otras palabras, nuestro cerebro está diseñado, preparado, para experimentar emociones.

Sin embargo, cuando lo que percibimos no es la escena de un único individuo, sino que hablamos de cifras (por muy impactantes que sean) nuestro sistema límbico se desconecta, al menos parcialmente, lo que provoca que no seamos capaces de sentir casi nada, en otras palabras, que provoca que nuestras emociones se queden “adormiladas”. Si vemos una noticia en la que nos informan de la muerte de 500 personas por un bombardeo en una ciudad ucraniana a manos del ejército ruso, nuestros primeros pensamientos van dirigidos a la magnitud de la tragedia, pero siempre en términos numéricos, analíticos. Nuestro cerebro no es capaz de empatizar a la vez con esas 500 personas; necesita traducirlo a un número para poder asimilarlo, para poder comprender lo que está pasando.

Sin embargo, si nos informan del asesinato a manos de ese mismo ejército cruel de una niña de 7 años que ha sido disparada por un francotirador cuando iba de la mano de su madre, los sentimientos que se generan son profundamente perturbadores, y lo serán más en aquellas personas que tienen un niño o una niña de esa misma edad. Lo individual nos permite empatizar, ponernos en los zapatos del otro.

Este efecto, el entumecimiento o adormecimiento psíquico, fue descrito por el Profesor Paul Slovic, psicólogo de la Universidad de Oregón, y hace referencia al hecho de que, para los seres humanos, una vida es valiosa, pero esa vida pierde valor, perceptivamente, si forma parte de una tragedia mayor. En otras palabras, si nos muestran el sufrimiento de una persona, sufrimos con ella, pero si nos muestran el sufrimiento de muchas, nos limitamos a valorar la magnitud de esta sin apenas emocionarnos.

Este fenómeno se da en todos los aspectos de la vida en los que la emoción tiene un peso importante; de ahí que las ONG, por ejemplo, para tratar de vincular a su audiencia con  una determinada causa, no hablen de números sino de una persona en concreto (pueden ver un ejemplo aquí) . De este modo consiguen que conectemos con ella, que creamos que nuestra aportación económica va a poder ayudar, porque ayudar a una persona es relativamente sencillo, pero si percibimos que con nuestros recursos económicos, que son limitados, tenemos que ayudar a muchísimas personas, nuestra vinculación pierde fuerza y dejamos que sean otros los que contribuyan; el problema es que el resto de personas piensa lo mismo, de manera que la causa se ve gravemente perjudicada.

Es un concepto, el del entumecimiento psíquico, sencillo y tremendamente eficaz, aunque en algunas disciplinas, como la política, aún no lo han entendido bien: piensen cuántas veces los partidos políticos cometen el error de tratar de vincular a su electorado mostrando cifras alarmantes sobre un determinado fenómeno; recuerden que, si queremos que la ciudadanía se implique en algo, nos tienen que presentar casos concretos. De lo contrario seguiremos en esta especie de entumecimiento psíquico global en el que transcurren casi todos nuestros días.