Inauguramos hoy una nueva columna de opinión que recogerá las de Raúl Alelú-Paz. El nivel científico del doctor Alelú-Paz ha quedado probado más que suficientemente en su dilatada carrera como investigador en diferentes campos. El hecho de que recientemente dos prestigiosas entidades le hayan propuesto para formar parte del ‘Equipo País’ (que asesorará al Gobierno central en diferentes aspectos económicos y científicos de cara a la reconstrucción tras la crisis sanitaria del COVID-19) eleva aún más ese nivel. Es, por lo tanto, un auténtico privilegio contar en RIVAS ACTUAL con esta firma que mensualmente ofrecerá sus consideraciones a las y los lectores de este diario.

Litografía en color de Johann Moritz Rugendas. Siglo XIX.

En la magnífica obra de Theodore Dwight Weld, Angelina Grimke y Sarah Grimke,
publicada en 1839 bajo el título “American slavery as it is: testimony of a thousand
witnesses” (“La esclavitud americana tal y como es: el testimonio de un millar de
testigos”), los autores deja entrever que el racismo que subyacía a la práctica totalidad
de los estados esclavistas del sur de aquellos Estados Unidos, mataba. En una
curiosa e interesante coincidencia de títulos, Ben Rhodes, uno de los principales
asesores del Presidente Obama y, en mi opinión, una de las figuras clave a seguir en
los próximos años, publica en el 2018 el libro “The World as it is”¹ (“El mundo tal y como
es”) donde describe la forma de entender, y de hacer, la política por parte del primer
presidente afroamericano de la historia de la que, hoy por hoy, es la primera potencia
mundial. Dos años después de la publicación de esta interesante obra, George Floyd,
un ciudadano negro de Carolina del Norte, uno de los estados que se alineó con el
ejercito confederado en su defensa de la esclavitud en 1861, moría asfixiado bajo la
rodilla de Derek Chauvin, un policía blanco de Minneapolis. A Floyd no le mató el
COVID-19, del cual estuvo enfermo semanas antes del fatídico encuentro con la
policía, sino que le mató el racismo, la misma causa que denunciaron Theodore,
Angelina y Sarah hace más de 175 años.

Es interesante encontrar ciertos paralelismos sobre la historia del racismo en EEUU y
el desarrollo de la pandemia del COVID-19 ahora que entramos en nuestro país en la
fase de desescalada. Para empezar, ambos fenómenos reflejan problemas
estructurales que, de una manera u otra, hacen inútiles muchas de las medidas que,
desde las administraciones, desarrollan de forma activa para tratar de evitar la
desgracias que siempre derivan de ellas.

Nadie, en su sano juicio, puede defender que el racismo no conlleve un deterioro de la
organización social que empobrece a las comunidades que lo padecen. O que el racismo no está detrás de las enormes diferencias sociales presentes, aún hoy, en
ciudades occidentales tan desarrolladas como Nueva York, Londres o París, entre
otras muchas. O que el racismo no mata. Y, sin embargo, y a pesar de los enormes
esfuerzos de las diferentes administraciones públicas que se traducen en programas
de integración, medidas de fomento de la educación dirigidas a las minorías, y un largo
etcétera, el racismo, prácticamente como un rasgo de personalidad, sigue estando
presente en un importantísimo número de ciudadanos y ciudadanas; no faltará aquel
que presenta supuestos datos de naturaleza científica que avalan sus argumentos, o
el que emplea el odio hacia el diferente como eje vertebrador de su actividad diaria.

Lo mismo ocurre con la pandemia a la que nos estamos enfrentando. Los datos que
tenemos por parte de la Organización Mundial de la Salud (en adelante OMS) nos
indican que el SARS-CoV-2, el virus causante de la enfermedad denominada COVID-
19, mata. Es cierto que no supone una amenaza para la especie, ni tampoco la
pandemia más grande que hayamos sufrido en la historia de la humanidad, pero
tampoco podemos negar que el virus es letal para una serie de segmentos de la
población que, sin las medidas adoptadas por las administraciones públicas,
engrosarían la terrible lista de fallecidos por causa del COVID-19.

Y es en la denominada “nueva normalidad” donde encuentro los paralelismos con el
racismo a los que antes hacía referencia. Tras pasar en un estricto confinamiento 50
días, nuestro país comenzó a reactivarse en distintos grados en función de los datos
epidemiológicos de cada territorio. Las medidas propuestas para esta nueva
normalidad no eran, ni mucho menos, novedosas. Si analizamos lo que ocurrió
durante la denominada gripe española de 1918, veremos que apenas encontramos
diferencias significativas a la hora de afrontar la pandemia: uso de mascarillas,
establecimiento de una distancia social, cierre de espacios públicos que puedan
albergar un número importante de personas, desinfección de transportes públicos, etc.
Tal y como ocurre ahora, muchas de esas medidas se obviaron por parte de la
ciudadanía; se encontraban argumentos que defendían la libertad individual frente al
bien común, las teorías conspirativas estaban a la orden del día, la subestimación de
las tasas de contagio gobernaba los comportamientos de los más osados, y el número
de supuestos expertos generadores de opinión se incrementó de forma considerable.
Y, como consecuencia de todo ello, el famoso rebrote.

Uno no puede dejar de pensar en que la historia tiende siempre a repetirse. Fernando
Simón, nombrado por el gobierno del Partido Popular en el año 2013 como director del
Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (en adelante CCAES) del
por aquel entonces Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, ha ido
advirtiendo en los últimos meses, bajo la dirección de un gobierno del PSOE y de
Podemos, de la necesidad de actuar como ciudadanos y ciudadanas responsables
para evitar el colapso de nuestro Sistema Nacional de Salud y así poder atender, en el
caso de que fuese necesario, a la población más vulnerable al COVID-19. No pretendo
en modo alguno defender la figura de Fernando Simón; creo que su experiencia en el
campo le otorga un conocimiento del que carezco y que, sin duda, hay que poner en
valor. Además de ser un reputado epidemiólogo formado en distintas escuelas
europeas, y haber ejercido en países en los que las pandemias aparecen,
desgraciadamente, con una mayor frecuencia, Simón es miembro del Foro Consultivo
del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades, Coordinador
Nacional de los Organismos Competentes españoles para ese mismo organismo y
miembro suplente del Comité de Seguridad Sanitaria de la Unión Europea. En otras
palabras, parece que puede tener un cierto conocimiento sobre lo que hay (y lo que no
hay) que hacer durante una pandemia. No es menos cierto que la exposición pública
diaria a la que se ha sometido Fernando Simón da lugar a comentarios de distintos
“expertos” que, debido a su papel de altavoces sociales o generadores de opinión,
pueden alcanzar cotas de popularidad más altas que la del propio experto (el real, el
de verdad), con el peligro que eso conlleva. De este modo, encontramos que
presentadores de programas de televisión de entretenimiento cuestionan, desde los
conocimientos sobre epidemiologia que otorga un guion previamente escrito, las
actuaciones del director del CCAES, quien, por otra parte, sigue en muchas ocasiones
las recomendaciones de la OMS. Y lo mismo con algún artista, o torero, o exjugador
de baloncesto que deciden en la más absoluta privacidad que sus conocimientos
sobre esta pandemia han de ser compartidos con el público en general para así abrir
los ojos a una ciudadanía claramente confundida por los epidemiólogos titulados. Y
así, por ejemplo, las actualizaciones, por otro lado muy frecuentes en cualquier estudio
sobre tasas de mortalidad, letalidad, etc, que presentaba Fernando Simón sobre el
COVID-19 se interpretaban como intentos de ocultar información o presentar
información sesgada. Y todo para combatir el pensamiento único, planteaban estos
nuevos gurús. Quizá, para ser más precisos, deberían decir que todo esto lo hacen
para derribar el pensamiento científico.

Para desgracia de estos nuevos “expertos”, lo cierto es que, con el paso del tiempo, la
realidad siempre acaba imponiéndose. Las situaciones complejas, como la pandemia
ocasionada por el SARS-CoV-2, requieren análisis complejos que sean capaces de
abordar todas sus aristas. Y eso requiere el establecimiento de medidas que se van
adaptando a las circunstancias siempre cambiantes, datos que se ven modificados
según se van estableciendo nuevos indicadores, etc. Aún así, con independencia de
estos cambios, hay una cosa invariable: el COVID-19 mata, principalmente, a las
personas con pluripatología y a nuestros mayores. Y es importante recordar que es
este último colectivo el que nos marca qué tipo de sociedad somos y en qué queremos
convertirnos. Porque, en mi opinión, un extraordinario indicador del desarrollo social
alcanzado en los países occidentales debería ser el trato que reciben nuestras madres
y padres, nuestras abuelas y abuelos. Son ellas, y ellos, los que en los momentos más
duros de la crisis financiera del 2008 ayudaron, con sus pensiones, a salvaguardar la
integridad social (y me atrevería a decir que moral), de un país devastado por un
sistema que no atiende a razones éticas y que está sometido en gran medida a los
mercados financieros. Son ellas, y ellos, los garantes de la reciente historia de nuestro
país, los que construyeron una democracia cuestionada en muchas ocasiones por los
representantes de los extremos de nuestro espectro político. Son ellas, y ellos, en
definitiva, los que han generado un escenario de posibilidades que ha permitido que
nosotras, y nosotros, nos podamos desarrollar libremente.

Por estas razones, y muchas otras que se quedan en el tintero, deberíamos
comportarnos como ciudadanas y ciudadanos responsables, como ciudadanas y
ciudadanos que queremos cuidar a nuestras personas más vulnerables. Para ello no
es necesario hacer un esfuerzo extraordinario; el SARS-CoV-2 está protegido por una
cápside (una estructura) de naturaleza lipídica o, en otras palabras, de grasa. Y todas
y todos sabemos qué el jabón es muy efectivo a la hora de disolver la grasa. De este
modo, si realizamos un lavado frecuente de manos, aumentamos la probabilidad de
que el jabón entre en contacto con la estructura que protege el virus, disolviéndola y
exponiendo su material genético, su ARN (Ácido Ribonucleico), al entorno, lo que
provocaría su destrucción en cuestión de segundos debido, principalmente, a la
inestabilidad de esta molécula. Si a esta medida le añadimos el uso de la mascarilla y
el respeto de la distancia de seguridad, estaremos contribuyendo a la desaparición del
SARS-CoV-2 de nuestro ambiente, evitando de esta forma la saturación de los
servicios de salud y permitiendo que los escasos recursos de la sanidad pública
madrileña, por ejemplo, se destinen a quienes más lo necesitan.

Serán éstas unas vacaciones extrañas, pero comportarse como ciudadanas y
ciudadanos responsables no debe percibirse o interpretarse como una falta de libertad
individual o pérdida de derechos. Es muy probable que, una vez llegue la ansiada
vacuna, olvidemos el COVID-19 de la misma forma que olvidamos en su momento la
gripe española que, a modo de comparación, ocasionó muchísimas más muertes de
las que ha causado esta pandemia. Pero, mientras tanto, saquemos a relucir nuestra
faceta más racional, más científica si me lo permiten, y creemos entre todas y todos
ese espacio de seguridad que necesitan muchos de nuestros compatriotas. Esa es,
quizá, la mejor forma de hacer país, de hacer valer nuestros valores y de demostrar
que, pese a los prejuicios existentes, “El mundo tal y como es” es un mundo que
queremos construir en el que nuestra cultura aprende de los errores y es capaz de
afrontar, de forma exitosa, retos extraordinarios.


¹ Las fuentes empleadas en el presente articulo proceden del libro del mismo autor ‘La nueva normalidad: reflexiones para una era post-COVID’ en su versión en inglés ‘The new normality: reflections for a post-COVID era’ que saldrá publicado en julio de 2020.