Mujeres singulares, en plural: Clara Campoamor

"Tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el Derecho Natural, el Derecho fundamental que se basa en el respeto de todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder; dejad que la mujer se manifieste y veréis como ese poder no podéis seguir detentándolo..." (Clara Campoamor, en el Congreso de Diputados el 1 de octubre de 1931)

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CLARA CAMPOAMOR RODRÍGUEZ (Madrid, 12 de febrero de 1888 – Lausanne (Suiza), 30 de abril de 1972)

Por Esperanza Negueroles

El pasado día 14 de abril, celebramos la proclamación de la II República (1931-1939). En aquellos momentos, el pueblo español era un hervidero, al fin se estaba liberando de la corrupta monarquía que durante tantos siglos le había estado desangrando. Por otro lado, desde el momento uno, la burguesía y la aristocracia  comenzaron a conspirar para su derrocamiento. En el contexto internacional eran días aciagos, marcados aún por el Crack del 29  y el auge de los regímenes fascistas y antidemocráticos en Europa. No parece que, a priori y desde la distancia histórica, se dieran las condiciones propicias para la continuidad y florecimiento de la República; tenía grandes obstáculos en su contra.

Pese a todo, fueron tiempos de importantes cambios favorables para la ciudadanía -ya no eran súbditos-. Uno de los más importantes fue que el 50% de la población, las mujeres, con su acceso al voto, accedieran a participar activamente en su futuro a través de las elecciones políticas, pudiendo votar y ser votadas. Nadie duda hoy en día que la conquista del voto femenino fue todo un hito histórico dando un significado más pleno a los sistemas democráticos. Sí, y su artífice en España, la que luchó con uñas y dientes fue: Clara Campoamor Rodríguez.

Nació en Madrid el 12 de febrero de 1888, su padre era un modesto empleado de prensa, y su madre costurera. Muy pronto se quedó sin padre y al ser la mayor de tres hermanos tuvo que dejar la escuela y ponerse a trabajar con 13 años. Fue costurera, dependienta, auxiliar femenina de segunda clase en el cuerpo auxiliar de Telégrafos…, hasta que en 1914 hizo oposiciones para profesora de adultas en el Ministerio de Instrucción Pública, ganándolas con el número uno. Ahora bien, sólo pudo enseñar taquigrafía y mecanografía, al no tener el título de Bachiller. Al mismo tiempo colaboraba en varios diarios, entre ellos el periódico progresista La Tribuna, que fue decisivo para su actividad posterior.

Cumplidos ya los 32 años, se matriculó como alumna de bachillerato terminándolo en dos años y a continuación en la Facultad de Derecho, concluyendo la carrera en otros dos. Al mismo tiempo que cursaba los estudios de Bachillerato comenzaron sus intervenciones públicas que se vinculaban directamente a las causas abolicionistas y feministas.

Al terminar derecho, obtuvo su ingreso en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y meses después solicitó su ingreso en el Colegio de Abogados, haciendo constar que deseaba ejercer su carrera, cosa que hizo desde 1925; asumió la defensa de los implicados en el levantamiento de Jaca.

Durante los años que transcurrieron desde el comienzo de sus actividades como abogada y el final de la Dictadura de Primo de Rivera, Clara se dedicó por entero a su profesión, rechazando su nombramiento para la Junta del Ateneo, lo que le obligó a pedir la excedencia en su cargo de Instrucción Pública, entre otros nombramientos que le hizo el dictador. Perteneció a la Asociación Española de Derecho Internacional, acudiendo a diversas reuniones internacionales, contribuyó a fundar la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas y presidió la Federación Internacional de Mujeres Universitarias, entre otras cosas.  Entre 1928 y 1929 fue delegada del Tribunal de Menores. Hasta 1930 desarrolló una intensa actividad en la Academia de Jurisprudencia pronunciando, paralelamente, conferencias.

Aunque intervenía en los temas más dispares, le atraían de manera especial, los referentes a la situación jurídica de la mujer española. Su ideal se situaba en alcanzar, en la ley, la total equiparación de los sexos sin que ninguno gozara de un trato preferencial sobre el otro, ni siquiera cuando la beneficiada fuese la mujer.

En 1930, tras la dimisión de Primo de Rivera, el anuncio de la vuelta a la normalidad constitucional había convertido al Colegio de Abogados de Madrid, al Ateneo y a la Academia, en centros de acción revolucionaria. Ese mismo año formó, con Matilde Huici, el Comité organizador de la Agrupación Liberal Socialista, la corta vida de este grupo, la llevó a enrolarse en las filas de Acción Republicana, pero, cuando se transformó en partido, Clara salió de él para afiliarse al Partido Radical, en cuya representación formó parte de la candidatura republicano-socialista, en 1931, para las Cortes Constituyentes, saliendo elegida diputada por Madrid.

Durante el bienio 1931-33. Fue delegada de España ante la Sociedad de Naciones y fundó la Unión Republicana Feminista, para trabajar por el voto femenino y defender los derechos de las mujeres dentro de la República. Durante esa época, Clara mantenía ya contactos con sufragistas inglesas y francesas.

Formó parte de la Comisión Constitucional, de 21 diputados, y peleó eficazmente por establecer la no-discriminación por razón de sexo, la igualdad legal de los hijos habidos dentro y fuera del matrimonio, el divorcio y el sufragio universal. Todo lo consiguió menos el voto, que tuvo que debatirse en el Parlamento.

Intervino en el debate de varios artículos, sobre todo cuando éstos hacían referencia a la mujer. Fue la única en defender el artículo 34 de la Constitución que en su segunda parte tenía que definirse sobre el sufragio femenino. Ella defendía que fuera sin ningún tipo de limitaciones, pese a la posibilidad que existía de que el voto femenino se inclinase a favor de los partidos de derechas (se suponía que las mujeres votarían lo que les dijeran en el confesionario). Esta fue la causa del enfrentamiento dialéctico que mantuvo con Victoria Kent, partidaria de reconocer a la mujer su derecho electoral, pero con ciertas limitaciones prácticas. La Cámara dio su apoyo a “la Campoamor”.

A pesar de toda esta actividad desarrollada dentro y fuera de la Cámara, no logró renovar su acta de diputada en las elecciones de 1933. Había tenido que afrontar, en solitario, la lucha por el voto femenino; tanto la prensa como los partidos de izquierda la dieron de lado y la acusaron de ser culpable del triunfo electoral de la derecha.

A estos ataques contestó con una carta publicada en El Heraldo de Madrid, el 26 de noviembre en la que, tras analizar los resultados electorales de varias ciudades, llegó a la conclusión de que la causa de la victoria electoral conservadora se debió a la escisión que se produjo dentro del bloque republicano y a la falta de eficacia del gobierno en algunos aspectos, como la Ley Agraria, el caso de Casas Viejas, etc. y la Unión de partidos de derechas.

Aunque no logró renovar su acta de diputada, en 1933 fue nombrada Directora General de Beneficencia, cargo del que dimitió al año siguiente por discrepancia con el ministro. Posteriormente, fue miembro de la comisión de investigación que debía esclarecer las responsabilidades en los hechos de la Revolución de Asturias de 1934. Al no encontrar justificación a la actuación de su partido, tomó la determinación de separarse de él; así en una carta dirigida a Alejandro Lerroux, fundador del Partido Republicano Radical, manifestaba: “Me adscribí al Partido Radical en base a un programa republicano, laico y demócrata; perdida la confianza y la fe en estos postulados ya nadie puede retenerme en el partido.”

Posteriormente, y a consecuencia de su labor en Asturias, fue nombrada presidenta de la Organización Pro Infancia Obrera, dedicada a atender las necesidades de los niños de los mineros muertos o encarcelados, víctimas inocentes de la crisis de octubre.

Presentó su solicitud de ingreso en Izquierda Republicana, que le fue denegada, lo que para ella fue un duro golpe, además dejó también la Unión Republicana Femenina. Publicó “Mi pecado mortal, el voto femenino y yo”, donde, además de reafirmarse en sus postulados, acusa a los partidos republicanos por su política titubeante y oportunista que iba en contra de los intereses de las clases oprimidas y, en definitiva, de la República.

Cuando estalló la Guerra Civil en 1936 emigró a Francia, ya París publicó en 1937 “La revolución española vista por una republicana”, en francés y nunca editado en español. Vivió en Buenos Aires dedicada a la literatura, escribiendo obras como “El pensamiento de Concepción Arenal”, “Sor Juana Inés de la Cruz” y “Obra de Quevedo”. En 1947, 1951 y 1955 intentó regresar a España, pero la acusación de francmasonería impidió su asiento definitivo. Se fue a vivir a Lausanne (Suiza), donde murió el 30 de abril de 1972.