Mujeres singulares, en plural: ‘Enfermeras, esas heroínas’

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Enfermeras, esas heroínas

Por Esperanza Negueroles

En estos días de homenajes a todas las personas sanitarias y no sanitarias que conforman el Sistema Público de Salud, quiero hacer mi particular homenaje personalizándolo en tres enfermeras que nos han dejado un ejemplo más, con su trayectoria de servicio a la comunidad y su valía humana.

Hay que recordar que, hasta hace poco tiempo, y espero que no se olvide en el futuro, la enfermería –como todas las profesiones feminizadas- está poco valorada.

El pasado día 12 de mayo se ha celebrado el Día Internacional de la Enfermería. En este día se recuerda, fundamentalmente a Florence Nightingale, mujer que peleó y estableció la dignidad de tan necesaria profesión para la humanidad. Antes que ella, las enfermeras eran mujeres sin preparación alguna, con salarios de miseria que, fundamentalmente vaciaban orinales y mantenían una más que dudosa higiene en los hospitales. Los textos de aquella época las describen como mujeres casi siempre ebrias, sucias y sin interés por las personas enfermas.

Florence Nightingale nació el 12 de mayo de 1820 en Florencia. Pertenecía a una familia acomodada, su hermana mayor fue escritora y periodista. En 1837, impulsada por lo que ella interpretó como una ‘llamada divina’, anunció a su familia su decisión de dedicarse a la enfermería. A pesar de la fuerte oposición que suscitó –fundamentalmente de su madre y su hermana– logró formarse como enfermera. Como ya se ha dicho, en aquella época, la profesión de enfermera –o cuidadora– estaba asociada a mujeres de la clase trabajadora, nada que ver con una joven culta como Florence, que además estaba destinada a casarse.

Segura de su vocación, aprovechó los viajes de instrucción que hizo -como joven de su época y clase social- a Francia, Italia, Suiza, Grecia, Egipto,…para formarse de manera autodidacta visitando un gran número de hospitales, recopilando datos; de esta manera, aprendió mucho sobre la profesión de enfermería, la asistencia médica y los sistemas hospitalarios. Fue escribiendo diarios de viaje en donde recogió todas esas experiencias.

Desde 1853 hasta 1854 asumió el cargo de superintendente en el Instituto para el Cuidado de Señoras Enfermas –eran mujeres sin techo– en Londres. En esta institución, con su trabajo, se empezó a sustituir la asistencia tradicional por otra basada en principios científicos, para ello se precisaba una rigurosa formación del personal de enfermería.  Realizó algunas mejoras, como la instalación de agua caliente en las habitaciones o el emplazamiento de un ascensor.

Entre octubre de 1853 y febrero de 1856 tuvo lugar un conflicto bélico entre la alianza formada por el Reino Unido, Francia, el Imperio otomano, el Reino de Piamonte y Cerdeña, contra la política de agresión del gobierno zarista a Turquía. La mayor parte de la contienda se desarrolló en la península de Crimea, en el mar Negro.

Los aliados iban venciendo a los rusos; sin embargo, las enfermedades estaban diezmando al ejército británico, que no disponía ni de médicos, ni de medicinas, ni de enfermeras suficientes: en las primeras semanas del conflicto, el ochenta por ciento de los muertos eran víctimas de los deficientes tratamientos sanitarios.

El Secretario de Guerra de Gran Bretaña, conocido de la familia Nightingale, solicitó ayuda a Florence que en 1854, partió hacia el frente, junto a treinta y ocho enfermeras voluntarias formadas personalmente por ella; muchas de ellas eran inexpertas. Se encontraron un panorama desolador: los soldados heridos recibían tratamientos inadecuados por parte de un equipo médico superado por la situación. Los suministros médicos escaseaban, la higiene era lamentable y las infecciones abundaban. No se contaba con equipamiento apropiado para procesar los alimentos de los pacientes y, además, la comida era insuficiente. Mientras que los mandos del ejército eran totalmente indiferentes ante esta situación. (Los soldados eran carne de cañón, siempre son eso: carne de cañón).

Durante el primer verano de Florence en el frente, algo más de cuatro mil soldados perdieron la vida, por enfermedades como tifus, cólera y disentería; suponían diez veces más que los muertos por heridas en el campo de batalla. Ella ordenó la limpieza de los vertederos contaminantes y mejoró la ventilación del hospital. A partir de esas medidas el índice de mortalidad bajó rápidamente.

En pleno conflicto, un artículo en The Times publicado el 8 de febrero de 1855, describía a Florence y su labor de este modo: «Sin exageración alguna es un «ángel guardián» en estos hospitales, y mientras su grácil figura se desliza silenciosamente por los corredores, la cara del desdichado se suaviza con gratitud a la vista de ella. Cuando todos los oficiales médicos se han retirado ya y el silencio y la oscuridad descienden sobre tantos postrados dolientes, puede observársela sola, con una pequeña lámpara en su mano, efectuando sus solitarias rondas».

Al finalizar la guerra, Florence Nightingale –recibida como una auténtica heroína en su país– comenzó a ser conocida como la dama de la lámpara. En 1856, Florence –que había enfermado de fiebre tifoidea en Crimea– solicitó audiencia a la Reina Victoria a la que informó de la necesidad de poner en marcha drásticas reformas higiénicas en los centros hospitalarios.

Ese mismo año, se expidió una Real Orden para establecer una investigación sobre los desastres de la guerra de Crimea: los minuciosos apuntes tomados por Florence Nightingale durante su estancia allí, ayudaron a que se fomentaran las medidas preventivas, aplicándose eficaces reformas.

En 1859 se publicaron las Notas sobre Enfermería: Qué es y qué no es, lo escribió como guía para quienes ejercían cuidados de enfermería a domicilio. No obstante, el texto sirvió como base del programa de estudios de la Escuela Nightingale y de otras escuelas de enfermería que siguieron el mismo modelo; en el prólogo decía: «Cada día tiene mayor importancia el conocimiento de la higiene, el conocimiento de la enfermería; en otras palabras, el arte de mantener el estado de salud, previniendo la enfermedad, o ayudar a recuperarse de ella. Se le reconoce como el conocimiento que todo el mundo debe tener –distinto del conocimiento médico, propio solamente de una profesión–».

En 1860, Florence inauguró una Escuela de Adiestramiento de Enfermeras en el hospital St. Thomas y comenzó a trabajar y escribir sobre diferentes reformas sanitarias. En 1883, la reina Victoria le otorgó la Real Cruz Roja, y en 1907 el Rey Eduardo VII le concedió la Orden del Mérito, la primera vez que se dispensaba a una mujer. En 1908, se le entregaron las Llaves de la Ciudad de Londres. Falleció en 1910 mientras dormía.

­­­Otra de las enfermeras de las que quiero hablar, en este recordatorio-homenaje a todas estas profesionales, es IRENA SENDLER el “Ángel del Gueto de Varsovia”. Salvó de una muerte cierta a 2.500 niños.

Irena Sendler nació en Polonia en 1910; era hija de un médico que tenía, mayoritariamente, pacientes judíos pobres. Su padre murió cuando ella era una niña de tan solo siete años, dejándola dos reglas que siguió a rajatabla a lo largo de toda su vida. La primera que a la gente se la divide entre buenos y malos sólo por sus actos, no por sus posesiones materiales; y la segunda, que hay que ayudar siempre a quien lo necesitase.

Cuando Alemania invadió el país en 1939, Irena era enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia el cual llevaba los comedores comunitarios de la ciudad. Allí trabajó incansablemente para aliviar el sufrimiento de miles de personas tanto judías como católicas. Gracias a ella, estos comedores no sólo proporcionaban comida para huérfanos, ancianos y pobres sino que además entregaban ropa, medicinas y dinero.

En 1942 los nazis crearon un gueto en Varsovia e Irena, horrorizada por las condiciones en que se vivía allí, se unió al Consejo para la Ayuda de Judíos. Ella misma contaba: “Conseguí, para mí y mi compañera Irena Schultz, identificaciones de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas. Más tarde tuve éxito en conseguir pases para otras colaboradoras. Como los alemanes invasores tenían miedo de que se desatara una epidemia de tifus, toleraban que los polacos controláramos el recinto.”

Caminaba por las calles del Gueto, llevando un brazalete con la Estrella de David, como signo de solidaridad y para no llamar la atención sobre sí misma. Pronto se puso en contacto con familias a las que les ofreció llevar a sus hijos fuera del Gueto. Era un momento horroroso, debía convencer a los padres de que le entregaran a sus hijos y ellos le preguntaban: “¿Puedes prometerme que mi niño vivirá?”. ¿Qué se podía prometer cuándo ni siquiera se sabía si lograrían salir del gueto? Lo único cierto era que los niños morirían si permanecían en él. Las madres y las abuelas eran muy reticentes a entregar a sus niños, algo absolutamente comprensible pero que resultó fatal para la mayoría. Algunas veces, cuando Irena o sus chicas volvían a visitar a las familias para intentar hacerles cambiar de opinión, se encontraban con que todos habían sido llevados al tren que los conduciría a los campos de la muerte.

A lo largo de un año y medio, hasta la evacuación del Gueto en el verano del 42, consiguió rescatar a más de 2.500 niños por distintos caminos: comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus, pero pronto se valió de todo tipo de subterfugios que sirvieran para esconderlos: sacos, cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercancías, bolsas de patatas, ataúdes… en sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía de escape.

Quería que un día pudieran recuperar sus verdaderos nombres, su identidad, sus historias personales, sus familias. Entonces ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades. Una vez fuera del horror, era necesario elaborar documentos falsos para los niños, darles nombres católicos y trasladarlos a un lugar seguro. La labor no era fácil: el rescate de un niño requería la ayuda de al menos diez personas. Logró reclutar al menos una persona de cada uno de los diez centros del Departamento de Bienestar Social, y con su ayuda, elaboró cientos de documentos falsos, con firmas falsificadas.

Los niños eran primero transportados a unidades de servicio humanitario y luego a un lugar seguro. Después los ubicaba en casas, orfanatos y conventos.

El 20 de octubre de 1943, fue detenida por la Gestapo y brutalmente torturada. Aunque era la única que sabía los nombres y las direcciones de las familias que albergaban a los niños judíos, soportó la tortura y se negó a traicionar a sus colaboradores o a cualquiera de los niños ocultos. Le quebraron los pies y las piernas, pero nadie pudo quebrar su voluntad. Fue sentenciada a muerte. Mientras esperaba la ejecución, un soldado alemán se la llevó para un “interrogatorio adicional”. Al salir, le gritó en polaco “¡Corra!” Al día siguiente halló su nombre en la lista de los polacos ejecutados. Los miembros del Consejo para la Ayuda de Judíos habían logrado detener la ejecución sobornando a los alemanes. Irena continuó trabajando con una identidad falsa.

En 1944, durante el Levantamiento de Varsovia, colocó sus listas en dos frascos de vidrio y los enterró en el jardín de su vecina para asegurarse que llegarían a las manos indicadas, si ella moría. Al finalizar la guerra, ella misma los desenterró y entregó las notas al Doctor Adolfo Berman, el primer presidente del Comité de salvamento de los judíos supervivientes. Lamentablemente la mayor parte de las familias de los niños había muerto en los campos de concentración nazis. En un principio los chicos que no tenían una familia adoptiva fueron cuidados en diferentes orfanatos y poco a poco fueron enviados a Palestina.

Los niños sólo conocían a Irena por su nombre clave “Jolanta”. Pero años más tarde, cuando su foto salió en un periódico al ser premiada por sus acciones humanitarias durante la guerra, un hombre la llamó por teléfono y le dijo: “Recuerdo su cara, usted es quien me sacó del Gueto.” Y a partir de ese momento comenzó a recibir muchas llamadas y reconocimientos.

En 1965 la organización Yad Vashem en Jerusalén le otorgó el título de Justa entre las Naciones y fue nombrada ciudadana honoraria de Israel. En noviembre de 2003 el Presidente de la República polaca, le otorgó la más alta distinción civil de ese país: la Orden del Águila Blanca. Irena fue acompañada por sus familiares y por una de las niñas salvadas. Falleció en Varsovia, el 12 de mayo de 2008 a los 98 años de edad.

Elisabeth Eidenbenz, la enfermera que burló a la Gestapo. Salvó la vida a cientos de niños cuyas madres huían de Franco y de Hitler

“Siempre digo sí”, así respondía Elisabeth Eidenbenz (1913, Wila, Suiza) cuando, a lo largo de su vida, se pedía su ayuda para socorrer a los más débiles. El gran público la conoce por ser el alma máter de la maternidad de Elna, su gran proyecto: un centro en el sur de Francia en el que nacieron los hijos de centenares de mujeres refugiadas de la Guerra Civil española y la persecución nazi.

Tras estudiar en Suiza la carrera de Magisterio, Elisabeth Eidenbenz dio clases en escuelas de adultos en Dinamarca. Allí, en una sociedad que aún se lamía las heridas de la I Guerra Mundial, conoció las nuevas corrientes del pensamiento pacifista. Pero pronto encontró un espacio más amplio para luchar por sus ideales: la Guerra Civil española. Con solo 20 años, la joven maestra aparcó lápices y libretas, aprendió los primeros auxilios sanitarios y se integró en el primer grupo de voluntarios del SCI (Servicio Civil Internacional) que, dentro de la zona republicana, socorrían a los niños y a las mujeres embarazadas.

En enero de 1939, salió de España junto con la marea humana que se refugió en Francia huyendo de las tropas franquistas. Eidenbenz fue espectadora, en primera línea, de la desastrosa actuación del Gobierno francés, que concentraba a los refugiados en las playas de Argelers, San Cebriàn y Barcarés. Eran campos sin apenas instalaciones sanitarias, las personas se hacinaban en plena playa, sin sitios donde refugiarse; vivían a la intemperie, sin comida y sin higiene. Las condiciones de salubridad eran terribles y la mortalidad infantil rondaba el 95%.

La joven Eidenbenz, indignada ante ese escenario, buscó una casa donde las prisioneras de los campos de concentración pudieran dar a luz en buenas condiciones. En Elna, localidad cercana al centro de internamiento de Argelers, encontró un castillo abandonado que ella misma reparó con la ayuda de otros voluntarios; era una antigua propiedad de una familia industrial del Rosellón. Durante cinco años, la joven directora transformó este palacete abandonado, al que bautizó como Maternité, en un “oasis de vida en un océano de destrucción”, según sus propias palabras.

En diciembre de ese mismo año nació el primer niño de la maternidad, José Molina. Después llegarían casi 600 más, entre los nacidos de exiliadas españolas y refugiadas judías que huían de la persecución nazi. En el Elna acogieron a cerca de mil internos, eran en su mayoría republicanos españoles, apátridas, judíos, comunistas, gitanos y víctimas de la guerra. Solo Hitler pudo frenar la fuerza de Elisabeth Eidenbenz; en abril de 1944, la Gestapo cerró la Maternité, pero el trabajo ya estaba hecho.

Las madres judías daban nombres falsos para encubrir el origen de los niños, poniéndoles a menudo nombres españoles para no levantar la sospecha de los gendarmes franceses o de los oficiales de la Gestapo alemana. Cuando los gendarmes se acercaban al centro para controlar la identidad de los refugiados, Elisabeth Eidenbenz exclamaba: “¡Esto es territorio suizo!” Defendió como pudo a las madres y a los niños acogidos

Su gesta, viva entre tantos republicanos e hijos de republicanos a los que libró de una muerte casi cierta, quedó en relativa oscuridad durante muchos años. Solo recientemente ha obtenido el debido reconocimiento público: en 2002, Israel la incluyó en los Justos entre las Naciones, distinción que honra a personas no judías que ayudaron al pueblo hebreo durante la persecución nazi; en 2006, el Gobierno español y la Generalitat de Cataluña le entregaron, respectivamente, la Cruz de Oro de la Orden Civil de la Solidaridad Social y la Cruz de San Jordi. Cuando en 2007 el Estado francés le otorgó su máxima distinción: la Legión de Honor, se sintió colmada de felicidad al reencontrarse con “sus niños” (como ella los llamaba), con ocasión de la entrega de la medalla.

La Maternidad de Elna hoy es un museo dedicado a la divulgación de la historia del lugar y sobre todo a la memoria de Elisabeth Eidenbenz

El 23 de mayo de 2011, tras una vida dedicada a la solidaridad, Elisabeth Eidenbenz moría en Zúrich a los 97 años.