Siguiendo con la pequeña muestra de reconocimiento a las inestimables personas que nos están atendiendo en estos tiempos tan aciagos, hoy traeré a colación una mujer médica y cirujana del siglo XIX. Sí, lo digo bien, en el siglo XIX y como reza el titular de una revista científica: la mujer que engañó a un imperio. Y es que, en Gran Bretaña, la lucha por la admisión de las mujeres en las escuelas de medicina -y por la aceptación de las médicas en los hospitales y las asociaciones médicas- fue feroz.

Pero empecemos por el principio: la persona conocida como doctor James Miranda Stuart Barry era una mujer y su verdadero nombre fue Margaret Ann Bulkley. Nació en Irlanda el año 1795, fue hija de Jermy Bulkley y Mary Ann Barry. Su padre fue encarcelado y, ante la penuria que les sobrevino, su madre pidió ayuda a su hermano James Barry que era un pintor neoclasicista de éxito y discípulo de Mary Wollstonecraft; ahora bien, lo que le solicitó fue la implicación en la educación de Margaret. Además de a su tío, tuvo como protectores al general Francisco de Miranda, que formaba parte del ejército de liberación de los pueblos iberoamericanos y a David Stuart Erskine, 11º conde de Buchan que era un filántropo que se ocupaba de escribir y publicar una revista en favor de los derechos de la mujer.

Unos meses más tarde, la madre y la hija vivían en Londres y el tío había discutido la educación de su sobrina con el erudito Edward Fryer, el abogado Daniel Reardon y, el ya mencionado revolucionario venezolano, Francisco de Miranda. Con esta ayuda, se sabe que Margaret Ann Bulkley, salió vestida de hombre para tomar un barco que la llevó a Edimburgo el 28 de noviembre de 1809. En la capital escocesa, nadie la conocía excepto Lord Buhcan y, así llegó como James Barry, sobrino del artista y de Mary Anne Bulkley, con lo que su madre pasó a ser su tía.

La mayoría de los estudiosos relacionan a la pequeña Margaret con todos los personajes ya mencionados, insinuando o afirmando que fueron ellos quienes orquestaron la farsa. Esto es bastante verosímil si se toma en cuenta que ese grupo se caracterizaba por sus ideas liberales y por la defensa de los derechos de la mujer: decididamente renovadores al participar, activamente, en la lucha por la igualdad de la mujer ante la ley, apelando a su derecho al sufragio y a la educación superior. Así no nos ha de sorprender que el tío Barry y sus amigos quisieran cumplir, mediante el engaño de la mujer vestida de hombre, sus convicciones feministas; además, todos ellos, a su modo y desde distintos frentes, luchaban abiertamente por construir un marco social en el que fuese reconocida la libertad y la igualdad de todos los seres humanos.

Miranda, al quedar sorprendido por la inteligencia de Margaret, le facilita el acceso a su biblioteca; al descubrir su vocación para la medicina, Buchan la dirige a su amigo, el médico Sir Alexander Monro, quien fungirá como su padrino y velará por el éxito de sus estudios. La intriga comienza a mostrar su eficacia cuando el 14 de diciembre de 1809 la famosa Facultad de Medicina de Edimburgo acepta la solicitud de la joven Margaret, quien desde ese momento y por el resto de su vida asumirá la falsa identidad de James Barry.

Este engaño tuvo sus frutos pues en 1812, Margaret Ann Bulkley, con la tesis Mirocele Hernia Crurali, dedicada a Francisco Miranda y a Lord Buchan, obtiene el título de médico con el nombre de James Miranda Stuart Barry. Si mantener oculta su condición femenina, bajo las ropas de hombre, no era una tarea sencilla, menos aún lo sería el aprobar los exámenes y las pruebas a las que los estudiantes de la Facultad de Medicina de Edimburgo se sometían. No hay que olvidar que, por aquella época, tal facultad era la más prestigiosa y también la más rigurosa: las clases se dictaban, en su mayoría, en latín y los estudios incluían cursos de anatomía, cirugía, química, botánica, filosofía natural, farmacia y teoría y práctica médica, entre otras. Además, parece que Barry tomó cursos particulares de disección y cirugía militar.

Sea como fuere, Margaret fue la primera médica titulada, y al parecer también la primera que concluyó estudios de posgrado, pues en el mismo año de 1912 volvió a Londres y donde pudo completar su formación médica en los Hospitales de Guy’s and St. Thomas. El proyecto del general Francisco Miranda de hacer una revolución en Venezuela se frustró, por lo cual fue encarcelado y, por lo tanto, los planes de futuro cambiaron.

Margaret se presentó al examen del Real Colegio de Cirujanos de Inglaterra que superó brillantemente el 2 de julio de 1813 y fue nombrada Médico Asistente. Ingresó en las fuerzas armadas y, así pues, fue la primera que ejerció su carrera en el ejército siendo, más adelante, ascendida a Ayudante de Cirujano. Tuvo múltiples destinos en las colonias británicas como Ciudad del Cabo, isla Mauricio, Jamaica, Santa Elena, las islas de Barlovento y Sotavento, la isla de la Trinidad, India, Malta, Corfú, Crimea y Canadá, donde fue nombrada inspector general de los hospitales canadienses en 1857.

Fue médico personal de Lord Charles Somerset, gobernador de la Colonia del Cabo en Sudáfrica y con el que, al parecer, tuvo una relación sentimental que provocó cierto escándalo social. Su apariencia fue siempre “especial” por su corta estatura de 1.50 m, lo agudo de su  voz  y su extrema delgadez. Fue ascendiendo, poco a poco, en el escalafón del ejército hasta llegar al rango de Inspector General de Hospitales, aunque en alguna ocasión debido a su carácter hosco, irascible, agresivo y excéntrico, fue degradado como sucedió en 1836 en los tribunales militares. Mantuvo varios duelos a lo largo de su vida.

Retrato de James Barry con su criado John y su perra Psyche (1862, Jamaica)

Pese a ello, en 1838 fue nuevamente nombrada médico del Estado Mayor y enviada a la isla de Trinidad, donde permaneció hasta 1845, cuando al verse afectado por la fiebre amarilla, obtuvo un año de licencia y regresó a Londres. Un año después fue a Malta, donde en 1847 enfrentó una epidemia de cólera que le valió el reconocimiento y las felicitaciones del duque de Wellington. En 1851, fue ascendida a asistente de Inspector General de Hospitales, y finalmente en 1857, con 62 años de edad, fue nombrada Inspector General de Hospitales en Canadá. Aunque allí solo permanecería dos años –pues el clima terminaría por minar su salud haciéndole volver a Londres–, su estadía significó lo mismo que en todos los lugares del trópico donde había estado, pues su labor nuevamente se concentró en las reformas e innovaciones de los servicios de salud.

Su labor como médica renovadora le valió fama de humanista y solidaria con el dolor humano; por otra parte, justo por defender estos ideales, se le colocaría como una crítica y detractora de los servicios médicos del ejército. Se puede decir, en general, que en la medida en que atacaba las instituciones militares de salud buscando renovar y mejorar las condiciones sanitarias de los soldados y de todas las poblaciones nativas de los lugares a los que era asignada, se convertía en el blanco de las críticas que terminaron por llevarla, en más de una ocasión, a protagonizar verdaderos escándalos personales y profesionales.

«Miranda en La Carranca», la prisión en Cádiz donde murió, en esta obra de Arturo Michelena de 1896 que está en la Galería de Arte Nacional de Venezuela en Caracas.

Puso también en marcha medidas de salubridad, mejoras de alimentación sobre todo en núcleos de población desfavorecidos. Se le reconoce como la primera cirujana de Inglaterra que realiza una cesárea con éxito, sobreviviendo madre e hijo. En la Guerra de Crimea, donde participó, conoció a Florence Nightingale con la que tuvo cierto altercado e hizo que esta tuviera un amargo recuerdo de ella, como persona despótica y endurecida.

Después de permanecer en Corfú y en Canadá se retiró a Inglaterra. Murió de disentería en Londres a los 71 años, el 25 de julio de 1865. Sólo después de su muerte se descubrió que era una mujer, al desnudar su cuerpo para prepararlo para el entierro, pese a que Barry había dejado instrucciones claras para no hacerlo; entonces se divulgó que era un hermafrodita hombre pese a que no había absolutamente ninguna prueba de esa conjetura; se suponía que ninguna mujer podía haber logrado ese éxito profesional, cualesquiera que fueran los subterfugios empleados.

Más tarde, las autoridades afirmaron que en realidad había sido un hombre –y sus documentos desaparecieron de forma misteriosa y decidieron enterrarlo bajo su supuesta identidad masculina, de modo que en el Cementerio Kensal Garden de Londres puede leerse en una lápida la siguiente inscripción: “James Barry. Inspector General de Hospitales. Muerto el 25 de julio de 1865”.