Siento que no se les hace suficiente homenaje a las mujeres que, desde el ámbito sanitario y científico, están dándolo todo por los demás en estos tiempos aciagos; pero no sólo de coronavirus, sino de todas aquellas otras enfermedades que siguen minando nuestra salud.

En estos últimos tiempos se está poniendo el foco en aquellos síntomas que nos aquejan, dolencias del espíritu que no nos permite hacer, apenas, ninguna actividad, en especial las físicas. He elegido, en este caso, escribir sobre una mujer que aunó el papel de médica con el de científica en el plano de la neurociencia y que, además fue un ser humano excepcional; tendríamos que aprender muchísimo de ella: Rita Levi-Montalcini. Los medios se hicieron eco de ella, primero cuando le dieron el premio Nobel de medicina allá por el año 1986, después cuando cumplió cien años y más tarde, a su muerte, con ciento tres años.

Nació en Turín el 22 de abril de 1909 en una familia judía destacada, desde pequeña se empeñó en estudiar pero tuvo problemas para convencer a su padre de que le permitiera ingresar en la Facultad de Medicina ya que éste quería que se casara bien y se convirtiese en una buena esposa y madre. El apoyo de su madre fue, sin duda, decisivo para su formación y quien la inculcó el deseo de dedicarse a las personas más necesitadas. Al parecer, su infancia no fue muy feliz, pues con unos hermanos mayores muy brillantes, ella se sentía inferior; algo así como “el patito feo de la familia”.

Rita Levi-Montlacini terminó sus estudios de medicina, en 1936 y en 1938, las leyes raciales de Mussolini prohibieron la práctica de la Medicina y de la Ciencia a los judíos, lo que impidió a Rita ejercer su profesión. Tuvo que marcharse a Bruselas regresando, al poco tiempo a Turín y de allí, huyendo de la represión, tuvo que marcharse a Florencia; durante todo ese periodo siguió investigando hasta 1943.

Había montado un pequeño laboratorio en su dormitorio donde hizo los experimentos iniciales: comenzó a estudiar el crecimiento de las fibras nerviosas de embriones de pollo. Para ello debió aprender las técnicas de tinción de plata que había inventado su compatriota Golgi y perfeccionado nuestro compatriota Ramón y Cajal; el resto del huevo solía terminar convertido en tortilla que alimentaba a la familia Levi (eran tiempos de escasez). Estas vivencias las describió en el libro que escribió en 1996 titulado Sin aceite y contra viento.

En 1947, Rita Levi-Montalcini decidió viajar a los Estados Unidos ya que las condiciones de trabajo en la Italia de posguerra eran muy deficientes para emprender una carrera científica. Rita denunció, muy claramente, durante toda su vida este éxodo de talentos en Italia y que ha continuado en el tiempo, reclamando la repatriación de los científicos italianos y promoviendo la investigación. Esta fue una de las grandes luchas que llevó al Senado italiano y en su prédica cotidiana en su laboratorio de neurociencias EBRI (European Brain Research Institute. Pensaba estar poco tiempo en el laboratorio de la Universidad de Washington, pero se quedó tres décadas.

El descubrimiento del factor de crecimiento de las neuronas, en 1942, (NGF – Nerve Growth Factor) y que estuvo en entredicho mucho tiempo, le permitió acceder al premio Nobel. Esta molécula ha renovado la comprensión del desarrollo cerebral y su aplicación al tratamiento de algunas enfermedades neurológicas ha abierto nuevas esperanzas, especialmente en la enfermedad de Alzheimer.

Y, algo que dijo cuando cumplió los cien años y que da que pensar, es lo que opinaba sobre la jubilación: “¡La jubilación está destruyendo cerebros! Mucha gente se jubila, y se abandona… Y esto mata su cerebro. Y enferma.” Lo que me planteo es que si esto es así –yo lo creo- ¿No nos tendríamos que plantear cómo se gestiona la atención y el cuidado a los que ya somos jubilados y que esto significa una amplia gama de edades que se agranda cada día más? Por no hablar de los centros privados donde se nos confina y en donde prima el beneficio económico sobre qué es lo que realmente necesitan las mayores para que nuestro cerebro siga activo. Porque, como dice ella: “el cuerpo se me arruga, es inevitable, ¡Pero no mi cerebro!”

Además de su papel en la ciencia y la medicina, en las diversas entrevistas que hicieron, pudimos leer sus opiniones sobre sucesos que acaecieron en su vida y que, por desgracia, aún están acechándonos: como por ejemplo la existencia de la extrema derecha que, para Rita Levi-Montalcini, se materializó en el nazismo y el fascismo italiano. A la pregunta de cómo vivió el fascismo contestó: “No siento rencor personal. Sin las leyes raciales, que determinaron que los judíos éramos una raza inferior, no hubiera tenido que recluirme en mi dormitorio donde monté mi laboratorio… ¡y descubrí la apoptosis, que es la muerte programada de las células!…”

Ella no sintió miedo; “desprecio y odio sí, netamente por Mussolini. {…} Cuando empezaron las persecuciones, eran tan inmundas las cosas que se decían que no me daba por aludida. Estaba ya licenciada en 1936, había estudiado con Renato Dulbecco, católico, y Salvatore Luria, judío, y no tenía sensación de ser distinta.” Ella, como experta en neurología explicaba la locura nazi y fascista de la siguiente manera: “Hitler y Mussolini supieron hablar a las masas, en las que siempre predomina el cerebro emocional sobre el neocortical, el intelectual. ¡Manejaron emociones, no razones!” y la prueba de que esa locura continua en estos momentos la expresa con la siguiente pregunta: “¿Por qué cree que en Estados Unidos se enseña el creacionismo en lugar del evolucionismo?

Y lo más interesante, a mi juicio, fue la respuesta que dio a la pregunta sobre el peligro de que vuelva el fascismo: “Si, en los momentos críticos prevalece más la componente instintiva del cerebro, que se camufla de raciocinio y anima a los jóvenes a razonar como si fueran parte de una raza superior”.

Cuando cumplió los 100 años, el trabajo de Rita Levi-Montalcini estaba volcado en la educación de las niñas africanas “para que progresen ellas y sus países”. Pero opinaba que no se lograría gran cosa sin que acabara la opresión de las mujeres. Para ella, “si la religión margina a la mujer frente al hombre, la aparta del desarrollo cognitivo.”

Otro punto interesante de su pensamiento y que hoy en día se debate, en nuestro país, es la necesidad de introducir ejemplos de mujeres científicas en los estudios,… En una entrevista realizada, cuando Rita cumplió los cien años, aseveró: “¡muchos de los hallazgos  científicos atribuidos a hombres los hicieron en verdad sus hermanas, esposas e hijas! No se admitía la inteligencia femenina, y la dejaban en la sombra. Hoy, felizmente, hay más mujeres que hombres en la investigación científica: las herederas de Hipatia. Ya no acabaremos asesinadas en la calle por monjes cristianos misóginos, como ella.”

Finalmente, os invito a leer sus escritos que, todos ellos, son muy interesantes con importantes enseñanzas de vida: Elogio de la imperfección, Tiempo de cambio, Atrévete a saber, Las pioneras: Las mujeres que cambiaron la sociedad y la ciencia desde la Antigüedad, y alguno más que no está traducido al castellano.