Hoy vamos a centrarnos en una matemática: Sofía o Sonya Kovalevskaya que fue una mujer extraordinaria, tanto en el aspecto puramente científico y académico, como en su manera de entender la vida: la posición de la mujer en la sociedad y el papel de la ciencia al servicio de la transformación social.

Las matemáticas es una de las materias que se estudian desde el comienzo de nuestra formación y no suele disfrutar de “buena prensa”, suele ser el “hueso” ya que se asocian con la dificultad, la abstracción, etc. Ahora bien, los modernos avances en aeronáutica, informática, ingeniería,… no hubieran sido posibles sin el gran desarrollo alcanzado por las matemáticas, que en definitiva son el «lenguaje de todas las ciencias».

Sofía (o Sonya, como también se la conoce) Vasilyevna Kovalevskaya, nació el 15 de enero de 1850 en Moscú, su padre era militar al servicio del zar Nicolás I y su madre, una mujer educada en los cánones de la alta burguesía, era tratada por su esposo como a una niña; por lo que sus hijas e hijo estuvieron a cargo de una nodriza.

Cuando Sofía cumplió ocho años, la familia se trasladó a Polibino donde tenían una propiedad rural. La habitación de Sofía estaba empapelada con los apuntes del curso de cálculo de su padre en la academia militar. Esta “decoración” provocó que la niña se familiarizara con las fórmulas y la notación matemática, lo que contribuyó a su facilidad de comprensión de esta materia. Por otro lado, sus antecedentes familiares también influyeron en la inclinación de Sonya por las matemáticas: su abuelo  fue un respetado matemático y astrónomo; y su bisabuelo un reconocido astrónomo y geodesta.

Su padre, en un momento determinado, contrató a un tutor para que proporcionara una instrucción completa, incluidas las ciencias, a su hijo e hijas; al parecer, estaba influenciado por un cirujano que conoció en la guerra de Crimea: “Él decía que, precisamente por la importancia de su misión como madres y esposas, debían disponer de los conocimientos científicos que desterraran las supersticiones y supercherías todavía vigentes en los entornos del cuidado doméstico.”  (Nomdedeu Moreno, Xaro: Sofía. La lucha por saber de una mujer rusa. Edit, Nivola. 2004.)

Como su hermano, muy pequeño todavía, y su hermana mayor no mostraban ningún interés por las clases, el tutor se centró en la niña de ocho años; y en sus memorias escribió: ”Desde el primer momento, en las clases, mostró una rara atención y asimiló rápidamente todo lo que yo le explicaba, estudiaba metódicamente… Llegados a la relación de la circunferencia con su diámetro… Me sorprendió, pues llegó al mismo resultado de forma completamente distinta, con su propio razonamiento”. Al mismo tiempo, el tío materno de Sofía le contaba historias de biología sobre algas y el tío paterno la interesó por las matemáticas.

Cuando su hermana entró en la edad de “encontrar marido” fue enviada, junto a su madre, a San Petersburgo con lo que Sofía se quedó sola; esto, le permitía leer libremente los textos de la biblioteca paterna sin soliviantar a su madre con costumbre tan masculina. Su padre, que se percató de esta costumbre y de la tendencia “excesiva” de su hija hacia las matemáticas, decidió interrumpir las clases. A partir de entonces, cuando toda la familia dormía, Sofía leía a escondidas un libro de álgebra que había pedido prestado.

Un vecino suyo, el profesor Tyrtov, acababa de publicar un libro, Elementos de física, que regaló a la familia Korvin; Sofía se enfrascó en su lectura, pero como no podía entender las fórmulas trigonométricas, intentó desarrollarlas ella misma. El resultado conseguido hizo que Tyrtov dijera: “esta niña es una nueva Pascal”, por lo que convenció al padre que decidió ir a San Petersburgo para que Sofía continuara con sus estudios.

Su hermana mayor mantenía correspondencia con Dostoiesvki y escribió algunos relatos que firmaba con nombre masculino. Esta actividad no era extraña entre las mujeres progresistas de la época, en especial las de clase acomodada como era su hermana Anjuta. Las dos formaron parte de las “mujeres nuevas”, sufriendo problemas por salirse de las normas ya que fueron criticadas por la sociedad, cargándolas del sentimiento de culpa por el dolor que infringían a sus seres queridos. Tenemos que saber que, en aquellos momentos, se acuñó la frase que se retomó en los años 70 del siglo XX: “lo personal es político”.

Progresó rápidamente en los estudios de cálculo, de tal forma que su nuevo profesor, viendo estos avances y la nueva forma de enfocar la vida que tenía Sofía, se unió al movimiento por la educación de las mujeres organizando centros de educación superior para chicas.

Sofía se convirtió en nihilista lo que significó tener una actitud crítica frente a las convenciones sociales y a las tradiciones; creía, firmemente, que el progreso social sólo podría realizarse empezando sobre bases nuevas, construidas científicamente.

En 1868 se casó con Vladimir Kowalevsky, con gran disgusto de sus padres ya que Sofía solo tenía diez y ocho años. Era un “matrimonio blanco”, pues el objetivo era que, tanto Sofía como su hermana y una amiga pudieran viajar para estudiar fuera de Rusia, lo cual no podrían realizarlo sin que una de ellas estuviera casada. Después de viajar por Europa, donde tomaron contacto con lo más granado de la intelectualidad y la ciencia, llegaron a Heidelberg (Alemania) donde Vladimir comenzó a estudiar paleontología y ella consiguió una dispensa especial para asistir, de oyente, a clases de matemáticas y físicas.

Pese la guerra franco-prusiana se fue a Berlín donde se llevó una gran decepción pues, como mujer, tenía prohibido el acceso a las actividades de la universidad. Ahora bien, logró que uno de los más importantes matemáticos, el profesor Weierstrass, impresionado por su talento, se reuniera con ella durante dos días a la semana para ayudarla en sus investigaciones. Posteriormente mantuvieron una larga correspondencia de la que aún se conserva las cartas remitidas por ella, pues él, al fallecer Sofía, quemó todas las recibidas.

Al año siguiente, interrumpió sus estudios para marchar a París para ayudar a su hermana Anjuta, militante feminista en La Comuna. En 1874 Sofía envió a la Universidad de Gotinga tres importantes trabajos y Weierstrass logró que se le concediera un doctorado en ausencia ya que el primer trabajo fue aceptado como tesis doctoral y calificada como cum laude; esto le sirvió de poco para conseguir un puesto de trabajo que, al parecer, no existía para doctoras en matemáticas.

Volvieron a Rusia en donde le ofrecieron una puesto de maestra de aritmética para niñas en una escuela primaria. Solicitó presentarse al examen para entrar como enseñante en una universidad, cosa que se le denegó por estar prohibido a las mujeres. Tuvo una hija con Vladimir y, separada de él, Sofía se marchó a París donde años más tarde recibió la noticia del suicidio del que fuera su esposo.

Aceptó un trabajo como docente en Estocolmo donde consiguió un contrato por cinco años y en 1886 le dieron el premio Bordin de la Academia Francesa de Ciencias; este premio estaba dotado con tres mil francos aunque a Sofía le concedieron cinco mil, por la calidad de su trabajo. Tres años más tarde obtuvo una cátedra siendo la tercera mujer que lo conseguía en Europa.

Además de su quehacer matemático, Sofía escribió artículos de divulgación científica y otros estilos: dramático, narrativo, llegando a publicar un par de novelas: «Memorias de juventud» y «Mujer nihilista». Como todos los nihilistas, consideraba que la divulgación de las ciencias y las artes era una actividad revolucionaria, una manera de dotar de armas a las clases populares, para acabar con la monarquía y hacer la revolución.

Tras unas vacaciones en Génova, regresó a Suecia en un viaje bastante accidentado. Durante el trayecto cogió un catarro que luego degeneró en neumonía, y falleció en Estocolmo el 10 de febrero de 1891 cuando solo contaba 41 años de edad.