Hace mucho que acepté que mi manera de llorar, de respirar, incluso de morir, consiste en convertir la tinta en sangre. Hoy, humildes lectores, con su permiso —y sin él—, voy a utilizarles como saco de boxeo.

No voy a contarles lo ocurrido. Esa historia no me pertenece y ningún menor debería pagar con su intimidad el precio de enseñarnos una lección. La rabia, en cambio, sí es mía. Lleva días paseándose por casa, duerme poco y tiene unas ganas considerables de romper muebles.

Hay desgracias que la gente complica porque la verdad, cuando señala en una sola dirección, incomoda muchísimo. Entonces aparecen los matices, las circunstancias y, sobre todo, los eufemismos: «tontearon», «se gustaban», «el chico también quiso». Con tres frases y cara de persona sensata, un abuso queda convertido en un romance inoportuno entre dos individuos que pasaban por allí en igualdad de condiciones. La lengua sirve para comunicarnos, dicen. También para fregar la sangre sin que nadie pregunte de quién era.

Un menor puede sentirse mayor, enamorarse, presumir o creer que controla la situación.
Puede regresar a quien le hace daño porque también le hace sentirse especial. La
contradicción no absuelve a nadie; solo demuestra que la cabeza humana no funciona como los folletos de prevención. Quien sí tenía el deber de entenderlo era el adulto. No hacía falta una licenciatura, solo ese mínimo de decencia que impide utilizar la vulnerabilidad ajena para satisfacer el propio deseo.

Pero nuestro viejo machismo tiene una trampa especialmente cruel reservada para los chicos. Si quien abusa es una mujer, surge el cuñado de barra de bar —porque siempre hay uno— para felicitar al menor. «Vaya machote, ya me hubiera gustado a mí». Con la bragueta gobernándole las pocas neuronas disponibles, convierte una herida en la fantasía sexual que él no cumplió. Luego nos preguntamos por qué tantos hombres son incapaces de decir que algo les dolió. Quizá porque llevamos toda la vida enseñándoles que, después del sexo, un varón solo puede sentirse orgulloso, satisfecho y dispuesto a contarlo durante el descanso del partido.

Tampoco ayuda nuestra afición a imaginar monstruos de catálogo: colmillos, furgoneta
sospechosa, mirada turbia desde una esquina, sacos de caramelos y postura encorvada. Los de verdad suelen resultar mucho menos cinematográficos: trabajan, hacen favores, celebran cumpleaños y salen sonriendo en las fotografías familiares. Se sientan a nuestra mesa y consiguen que alguien ponga la mano en el fuego por ellos. Si parecieran monstruos, serían bastante inútiles. La respetabilidad es un escondite cojonudo, quizá el mejor que hemos inventado.

Después llega la culpa, tan puntual y tan mal orientada. ¿Por qué no se apartó? ¿Por qué
volvió? ¿Por qué no habló antes? Interrogamos al menor porque nos tranquiliza pensar que cometió algún error. Así, de paso, fingimos que existe una fórmula para evitar el horror.  Pero una víctima puede defender a quien le hizo daño, echarle de menos o tardar años en comprender lo que pasó porque las personas somos así de poco ordenadas. Nada de eso transforma el abuso en amor ni convierte al niño en cómplice.

No sé si escribir cura algo. Sospecho que no. La tinta tiene fama de medicina porque
queda poético, pero algunas noches apenas sirve para no incendiar la casa. Hoy escribo
para que al menos las palabras no ayuden también al culpable.

Y para que, si alguna vez un chico escucha risas donde debería haber encontrado amparo,
no acepte la medalla. No fue un campeón ni un afortunado. Era un niño. Solo un niño. La
adulta era ella.

Y me jode, de verdad me jode, que todavía haya que explicarlo.

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Sayago Langa (Madrid, 1999) convirtió el papel en trinchera a los once años y desde entonces no ha dejado de escribir. Autora de diecisiete novelas en Wattpad con más de veinte millones de lecturas, explora la identidad, el amor y el duelo con una voz tan íntima como feroz. 'En guerra' (Valparaíso, noviembre 2025) ha sido su último libro publicado: un manifiesto de resistencia contra el dolor y el abuso.