Volvemos a los tiempos del militarismo. O quizás nunca hayamos dejado de vivir en ellos.
Después de la II Guerra Mundial y contemplar con estupor la derrota de la Alemania de los campos de exterminio y el terror atómico, después de ver fracturarse el mundo en dos mitades y de estar al borde del fin de la humanidad, llegaron otras guerras: Corea, Camboya o Vietnam. En Latinoamérica, la Operación Cóndor financió con dinero norteamericano el ascenso de los más crueles dictadores (este año se cumplen 50 desde que Videla llegara al poder). Y mucho más: África se siguió desangrando, eran los estertores del viejo colonialismo. Después llegaron Iraq y los Balcanes. Pero hay más: Chad y Afganistán, permanentes conflictos, como en Oriente Próximo, que siempre ha sido un polvorín: hoy, Irán y Gaza, repetidas guerras, cuyo fin nadie sabe, como ocurre en Ucrania. Y sobre todos esos conflictos, de un modo u otro, planean los gobiernos belicosos de los
Estados Unidos. Nunca, pues, dejamos de lado la guerra, aunque nos pareciera que hubiese habido un tiempo de desarmes, de tratados de no proliferación de armas atómicas, de multilateralismo. Hoy todo eso ha saltado por los aires, no porque la política de Estados Unidos sea diferente, sino porque se practica una impúdica “política realista”, que eufemísticamente no es más que “que gane el más fuerte”.
Quizás unas de las novelas antibelicistas que mejor nos ha mostrado el sinsentido de la
guerra la publicara en 1929 el escritor alemán Erich Maria Remarque, autor de Sin novedad en el frente. Cuántas hojas más no hubiera podido escribir de haber contemplado el mundo en nuestros días. Todavía recuerdo la primera vez que leí El Principito y aquella frase que no puede resumir mejor qué significa la humanidad, como esa cualidad que nos hace sentirnos parte de los demás: “Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. Y es a Albert Einstein a quien se le atribuye una frase visionaria: “No sabemos cómo será la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con piedras y lanzas”. Vivimos, por tanto, tiempos de retroceso. O de continuidad. Tiempos de no haber aprendido nada del sufrimiento de la guerra y de seguir ejerciendo la violencia como si con ella la humanidad no se resintiera. Cada escalón que se asciende en la escalera del belicismo, más daño nos ocasionará la caída a los que siempre hemos tenido que padecer las guerras.
Desde la llegada de Trump al poder, no ha habido nada más que incertidumbre, recelos y
conflictos. Con él ha llegado también una pléyade de gobernantes y políticos que giran en su órbita, complacientes, sumisos, que dicen defender sus patrias y, al mismo tiempo, las traicionan dejándolas en manos del capricho de algunos poderosos sin escrúpulos, plutócratas, millonarios de la indecencia. Pero… ¿qué podemos hacer ante tanto oprobio? No olvidarnos de que lo esencial no se ve con los ojos, de que el sufrimiento, aunque ocurra a miles de kilómetros de nuestros hogares, es nuestro también. Quienes jalean la guerra, quienes aplauden a los políticos belicistas, quienes corean el exabrupto y la violencia, con sus votos o su aquiescencia, son cómplices del horror. Los cómplices necesarios. Por eso, la mejor manera de luchar contra la guerra es luchar contra la
indiferencia, saber que los hogares destruidos, las heridas y los hijos muertos de otros son nuestros hogares, nuestras heridas y nuestros hijos también.
Josep Ramoneda publicó un ensayo, hace más de quince años, titulado así: Contra la
indiferencia. En él se apela a los ciudadanos, que deben de asumir la responsabilidad de analizar críticamente el discurso que nos intentan imponer. No ser indiferentes aún nos convierte en la trinchera contra el mal que supone el abuso del poder. Y contra el poder ejercido de manera autoritaria solo cabe refugiarnos en la humanidad, en lo que somos, en el compromiso con los que padecen y en darles voz a los que no pueden. Hoy algunos poderosos llevan a cabo una política de tierra quemada con los derechos humanos, con la libertad de los pueblos y con la autonomía de las naciones, mientras hacen balances y suman beneficios. Acomodarnos a la indiferencia, mirar para otro lado, guardar silencio, asentir ciegamente, o banalizar el sufrimiento de los demás son las armas con las que los señores de la guerra dinamitan fronteras, arrasan pueblos y cosechan el horror que un día creíamos olvidado para siempre.




















