Recuerdo sin añoranza aquella serie de televisión que fue popular a finales de los años 70 y cuyo título era «Marco, de los Apeninos a los Andes». Fue emitida, como su precedente «Heidi, la niña de los Alpes», por Televisión Española y tuvo un éxito incontestable entre el público infantil, a quien aquella estética japonesa que mezclaba valores y buenos sentimientos con situaciones crueles que asfixiaban a sus protagonistas le mostraba un mundo más ancho y peligroso que el reflejado en los dibujos animados made in USA habituales hasta entonces (véase el Oso Yogui o Bugs Bunny, por ejemplo).
Y digo que lo recuerdo sin añoranza, porque Marco, el protagonista, un niño italiano de once años, que deja su Génova natal y a su padre y hermano para ir en busca de su madre a la lejana Argentina, arrostra un sinfín de sufrimientos y calamidades durante los cincuenta y dos episodios de la serie. El pequeño, animoso y de buen corazón, es pobre, se ve forzado por las circunstancias a afrontar un viaje largo y peligroso, y en muchos momentos parece que su aventura no puede ir a peor. Al final, cuando encuentra a su madre resignada a morir y le devuelve la ilusión por vivir, parecería que todos los problemas se hubieran resuelto, si no fuera porque siguen siendo pobres, siguen teniendo deudas y el mundo sigue siendo igual de hostil. Al menos, los guionistas japoneses se permitieron la invención de un acompañante no humano, el mono Amedio, para que los niños encontraran algo simpático y alegre en esa atmósfera triste y sin expectativas.
El cuento original está incluido en la novela de Edmundo de Amicis titulada «Corazón, historia de un niño» (1886), un libro escrito en forma de diario y que cuenta un curso escolar del niño Enrique Bottini en su ciudad natal de Turín. En cada uno de los nueve meses escolares, el maestro les hace copiar a sus alumnos una narración que luego leerán en alto con sus compañeros; historias como «El pequeño patriota paduano» o «El tamborcillo sardo», entre las que se encuentra también la de Marco, nos muestran ejemplos de niños (nunca niñas) que son capaces de sacrificarse, incluso de entregar la vida, en aras de un ideal que generalmente es la patria italiana y que acaban convirtiéndolos en héroes.
La novela de De Amicis ha envejecido mal. El patriotismo italiano que lo invade todo, sin duda porque estaba aún muy reciente la creación de la República Italiana (1946) y también las innumerables guerras que habían asolado Europa durante todo el siglo XIX, resulta excesivo y hasta absurdo para un lector actual: ahora nos rebelaríamos justamente contra la idea de que un niño de doce años fuera enviado a la guerra como carne de cañón para ser aclamado luego como héroe de la patria.
La novela, sin embargo, es un fresco magistral de la sociedad italiana de fines del siglo XIX, en el que destacan valores como el respeto a los demás, la solidaridad, el reconocimiento a la educación y a sus maestros, y la esperanza en el futuro.
























