Últimamente parece que son las redes sociales las que mueven el mundo. Y al socaire de ellas gira todo lo demás: televisión, prensa, radio y editoriales. Uno casi echa de menos el tiempo en que la televisión marcaba el paso de la vida cotidiana, de las series que se veían, de los libros que se leían o de las noticias de las que había que dar debida cuenta en las charlas con amigos. Hoy, sin embargo, el espacio usurpado a los medios tradicionales que ocupan las redes sociales parece contaminarlo todo, llenando con su contagiosa pegajosidad el debate público.
Es cierto que, en busca de la audiencia, las televisiones se lanzaron los últimos años a la gran piscina de la telebasura, y es posible que los medios tradicionales hayan allanado el camino para que las redes sociales se hayan autoproclamado en las herederas legítimas de toda la porquería que se consume ante las pantallas planas de nuestros teléfonos móviles. Todo da la impresión de haberse convertido en eso: en una suerte de espectáculo zafio del cual nada escapa. La política se ha convertido en política basura, a golpe de tuit; la televisión redunda en aplaudir los contenidos de instragramers, influencers y demás fauna que puebla Internet: casi todos ellos, gente que blande discursos que son un insulto a la inteligencia y que se han convertido en el caladero de los merluzos que se nutren de opiniones sesgadas, que no son información veraz. El bulo, las mentiras y la majadería pueril del grito, la expresión soez y la insuficiencia intelectual alimentan los cerebros vacíos de quienes escuchan y dan credibilidad a lo que, en resumidas cuentas, no es nada más que un show rentable para quienes monetizan el like y tributan, por lo general, en Andorra.
Eso o, en el peor de los casos, estos “creadores de contenidos” (como ellos mismos se denominan) dicen recoger la voz del pueblo, exaltando la ranciedad de ideologías extremas; en definitiva, vocingleros del odio y altavoces del trumpismo que están carcomiendo, poco a poco, nuestras democracias.
Esta ola de banalidad retrógrada está llegando, como no podía ser de otra manera, al mundo de la cultura. La reciente concesión de un famoso premio literario a un profesional de la telebasura ha hecho arder las redes sociales y los medios tradicionales con encendidos debates. Sin embargo, no es nuevo el fenómeno que está intentando convertir el último bastión de resistencia cultural en basura también. Me estoy refiriendo al mundo del libro: llevamos mucho tiempo asistiendo a ferias del libro en las que los superventas son youtubers y famosetes emanados del periodismo del corazón. Un visionario como Miguel Delibes renegó del premio y otros declinaron la invitación a presentarse motivados por la evidente sospecha del fraude. Todavía resuena el plagio de Cela, que ensombreció la trayectoria de nuestro premio Nobel, o el episodio de El jinete polaco, una novela con tanta calidad literaria que no cubrió las expectativas de ventas de la editorial. De un tiempo a esta parte, la subcultura del entretenimiento chusco, de la parodia de lo que es literatura, de la mal entendida cultura de masas, está convirtiendo también a los escritores en el objeto degradado de un mundo que pretende hacer caja confundiendo a la gente. Que
nadie, pues, se confunda: eso que han premiado no es cultura, aunque tenga forma de libro.
Y quizás a modo de advertencia quepa decir que cuando la televisión es telebasura, cuando la política se deja llevar por discursos simples, cuando las redes están llenas de zafiedad, cuando se pretende convertir en lo mismo a la educación, la cultura de verdad, la mirada del escritor, es la única que puede poner freno a tan peligroso descenso de todo hacia la nada. Si todo, en definitiva, resulta cómico, intrascendente y, en definitiva, risible, será cuando nada empiece a tener gracia de verdad. Y será entonces, probablemente tarde, cuando tengamos que ponernos serios ante el mundo que parece venírsenos encima.




















