Puede que, a bote pronto, el vocablo “ruleta” nos evoque –y todo gracias a incontables
novelas y películas- el mundo decadente de los casinos de lujo. Pero el diccionario de la RAE no tarda en mostrarnos una acepción del término ligada a otra palabra: “rusa”. Y, así, la expresión “ruleta rusa” aludiría al “juego temerario que consiste en disparar alguien contra sí mismo un revólver cargado con una sola bala, ignorando en qué lugar del tambor está alojada”. Al parecer, cuanto ha llegado a sospecharse –mucho más que a saberse– apunta en la dirección de que ciertos oficiales de la Rusia zarista se entregaban, con apuestas de por medio, a práctica tan siniestra; sin embargo, y más allá de la rumorología en torno al mero origen, en el imaginario colectivo han quedado ya grabadas, de manera diría que indeleble, las escenas vietnamitas de ruleta rusa pertenecientes al formidable largometraje dramático-bélico El cazador, de Michael Cimino.
Otro tanto debería haber ocurrido, a estas alturas, con lo narrado por Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956) en El Ruletista, habida cuenta, además, de que no hay año en que el nombre del genial escritor rumano no sobresalga entre los firmes candidatos para ganar el
Premio Nobel. Sin embargo, la fuerza de El Ruletista, al menos entre los verdaderos amantes de la literatura, ha sido tal que lo que, en principio, se había dado a conocer en 1993 –tras la ejecución del dictador Nicolae Ceausescu– como pórtico para la colección de narrativa breve titulada Nostalgia, en última instancia ha terminado conociendo una andadura notabilísima como obra independiente. Como sucinta e impresionante obra independiente, capaz de interpelarnos acerca de la deriva incívica de nuestras sociedades.
Porque, más allá –o quizá más al fondo– de los rasgos posmodernos y oníricos que suelen señalarse a propósito de la creación de Mircea Cartarescu –la mirada consciente y crítica sobre el hecho textual desde el mismo hecho textual, y la irrupción de los sueños a modo de secreta argamasa o levadura discursiva–; más allá o más al fondo de tales sutilezas,
El Ruletista nos estará contando siempre una historia de paulatina abyección, con el Bucarest inmediatamente anterior a la Segunda Guerra Mundial por aparente o supuesto marco.
Paulatina abyección de la que, en realidad, el propio ruletista se antoja solo el elemento
delirante imprescindible: con mucha más crudeza la retrata la desnortada sociedad que,
precisamente, coadyuva, con toda clase de lujos y detalles grotescos, a la degradación del
infernal protagonista –pero infernal no tanto por malvado como por absurdo–.
Leyendo ‘El Ruletista’ del gran Mircea Cartarescu, ¿puede extrañarnos que el período de entreguerras concluyese en Rumanía con el abrazo de los más reaccionarios a la esvástica,
y con el régimen de pesadilla que el criminal Ion Antonescu, el “conducator” genocida, capitaneó hasta su ocaso estrepitoso? Atención, pues. Porque cualquier ocaso de esta índole empieza mucho antes de su estrépito. Y porque cualquier sociedad que baja la guardia cívica y comienza a vestir, sin darse apenas cuenta, las galas de los bárbaros, está condenada a la ignominia. Y a la penosa catarsis posterior.
























