Ana María iriarte

En el pasado mes de febrero fallecía en una residencia de Picassent una de las cantantes españolas más importantes del siglo XX, Ana María Iriarte, nacida en Madrid en 1927, de la que se podría decir que tuvo una de las carreras musicales más cortas y, sin embargo, más influyentes de cuantas podamos imaginar. Mezzosoprano, alumna de Lola Rodríguez de Aragón como Teresa Berganza o Inés Rivadeneira, comenzó a despuntar en la adolescencia por una voz versátil en la que destacaba la profundidad y belleza de las notas más graves. Muy pronto alcanzó cotas artísticas a las que solamente llegan los elegidos, como la participación en el I Festival (Internacional) de Música y Danza de Granada en 1952 dirigida por Ataulfo Argenta en «La vida breve» de Falla, en el estreno mundial de la ópera
«Don Perlimplín” en el Festival Siglo XX de París y también en la reinaguración del Teatro de la Zarzuela en 1956 bajo la dirección de José Tamayo en el papel de Aurora la Beltrana de “Doña Francisquita”, además de cantarla ese mismo año en alemán en la Volksoper de Viena.

Intérprete de numerosas óperas y conciertos en escenarios españoles y europeos durante los catorce años que duró su carrera como cantante lírica, en su repertorio destacó por el desempeño magistral en «Carmen» de Bizet y «Sansón y Dalila» de Camille Saint-Saëns. Sin embargo, no han quedado, salvo puntuales excepciones en grabaciones piratas o en un espléndido “Alexander Newsky” con la Orquesta de la Ópera de Viena, testimonios grabados de su faceta más operística e internacional, lo que a ella siempre le entristeció mucho.

No obstante, Ana María Iriarte es para muchos la voz por antonomasia de la zarzuela española. Sus registros para la discográfica Columbia durante los años cincuenta son las grabaciones de referencia para los cantantes actuales y, sin duda, las preferidas por los aficionados a este género: magistrales son sus interpretaciones en «La corte de Faraón», «La Revoltosa», «Agua, azucarillos y aguardiente», «Gigantes y cabezudos», «El niño judío» y tantas otras que no cito para no extenderme demasiado.

Durante más de sesenta años y hasta la actualidad, estos discos se han seguido comercializando con gran éxito, tanto como para que sea fácil encontrarlos todavía en las tiendas; mientras otros cantantes, líricos o no, se olvidan en breve, el recuerdo de Ana María Iriarte se ha mantenido vigente, incluso para quienes pensaban que ya no era posible que, tantos años después, siguiera viva.

Asistía hace un par de semanas a la representación de «La revoltosa» en el Teatro de la Zarzuela, en un programa doble que presentaba también «El bateo», ambos dirigidos por Juan Echanove, y como tantas otras veces eché de menos que la protagonista fuera alguien de la escuela y la categoría artística de Ana María Iriarte, para quien Mari Pepa era  seducción, garra, pasión y temperamento sin renunciar a una exquisita vocalización. Como
consuelo, además de su recuerdo, nos quedan sus discos de zarzuela y por eso os recomiendo, si no la conocéis, que busquéis la romanza del espejo de «La viejecita» de Manuel Fernández Caballero y la escuchéis. ¡Eso sí que es cantar bien! ¡Qué lástima que se retirara a los treinta y dos años y nos privara a tantos de la oportunidad de oírla cantar sobre el escenario!