Ardió la sardina y el Carnaval se fue entre llantos, música y llamas

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Foto Paco Rodríguez

El origen más aceptado popularmente de esta tradición del entierro de la sardina se sitúa en el siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III. Según la leyenda, el rey mandó repartir sardinas al pueblo de Madrid. Sin embargo, el pescado llegó en mal estado y el mal olor provocó el rechazo de la población, que decidió enterrarlo simbólicamente. Con el tiempo, ese gesto satírico se convirtió en una celebración carnavalesca.

El Entierro de la Sardina volvió a convertirse en uno de los actos más populares y simbólicos del programa de Carnaval, poniendo el punto final a varios días de fiesta con un recorrido musical por el Casco Antiguo, la tradicional quema y una sardinada popular que repartió 500 raciones gratuitas de parrochas.

El miércoles 18 de febrero, a las 18.30 horas,  partió el cortejo fúnebre desde la calle de San Isidro, encabezado por la sardina, protagonista indiscutible de la tarde. Decenas de vecinos y vecinas acompañaron la comitiva en un pasacalles marcado por la música y el humor, en el que no faltaron los gestos exagerados de duelo ni los atuendos negros propios de la ocasión. Tampoco faltaron a la cita la alcaldesa de Rivas, Aída Castillejo y concejales y concejalas de todos los grupos municipales.

El desfile avanzó por las calles Miralrío, Ruiseñor, Wenceslao García y Marcial Lalanda, despertando la curiosidad de quienes se asomaban a balcones y aceras para presenciar el singular entierro. La banda de la Escuela Municipal de Música puso sonido al recorrido con marchas fúnebres y piezas festivas que acompañaron el paso lento y ceremonioso del cortejo.

Uno de los elementos más llamativos fue el coro enlutado de plañideras, formado por integrantes del taller de carnaval de la concejalía de Mayores, que interpretaron su papel con dramatismo y sentido del humor, arrancando sonrisas entre el público. Sus lamentos simbólicos representaron la despedida del Carnaval hasta el próximo año.

La sardina, diseñada y elaborada por el taller de restauración de la Universidad Popular, volvió a ser una pieza destacada por su cuidada estética y su gran tamaño. La implicación de ambos talleres puso de manifiesto, una vez más, el carácter participativo y comunitario de esta tradición.

El recorrido concluyó en la antigua pista deportiva y de frontón de la calle Marcial Lalanda, donde se llevó a cabo la quema en un fuego controlado. Entre aplausos y fotografías, la sardina ardió mientras crepitaban las llamas, simbolizando el final de las fiestas carnavaleras y el inicio de un nuevo ciclo.

Tras la quema, el ambiente festivo dio paso a la convivencia en torno a la comida popular. Se repartieron 500 raciones gratuitas de parrochas en una sardinada que reunió a vecinos de todas las edades. El aroma a pescado asado y el buen humor cerraron una tarde en la que tradición, participación y cultura popular volvieron a ser protagonistas.

De este modo, el Carnaval se despidió hasta el próximo año con uno de sus actos más emblemáticos, consolidado ya como una cita imprescindible en el calendario festivo local.