Hay un orgullo innegable en diferenciarse. La figura de la «aldea gala» que resiste frente al invasor —o en este caso, frente a la corriente generalizada de la globalización y el consumo de masas— siempre ha tenido un halo de romanticismo. En el imaginario político y social de Rivas-Vaciamadrid, esa resistencia cultural ha sido una bandera de identidad durante décadas. Sin embargo, hay ocasiones en las que el empeño por ser la excepción no responde a una resistencia heroica, sino más bien a un empecinamiento innecesario. La reciente negativa del Consistorio a instalar una pantalla gigante para seguir los partidos decisivos de la Selección Española en el Mundial es un claro ejemplo de ello.

La explicación oficial ofrecida por el Ayuntamiento —que prefiere no colocar la pantalla para «apoyar y proteger a la hostelería local»— suena, cuanto menos, a pirueta argumental. Cualquiera que haya vivido un gran evento deportivo sabe que la calle y los bares son elementos que se retroalimentan. Una plaza pública vibrante, llena de familias, jóvenes y vecinos compartiendo una tarde de fútbol, es el mayor motor de consumo imaginable para los comercios y terrazas colindantes. Buscar el beneficio del hostelero vaciando el espacio público es un contrasentido difícil de sostener.

Mientras el resto de las grandes ciudades de la Comunidad de Madrid —sin importar el color de su gestión municipal— han facilitado estos puntos de encuentro, Rivas ha optado por desmarcarse. Y aquí reside el verdadero problema: confundir la identidad propia con el aislamiento.

Un Mundial de fútbol, nos guste o no el negocio que lo rodea, trasciende lo estrictamente deportivo para convertirse en un fenómeno de cohesión social. Es de las pocas citas capaces de reunir en una misma plaza a personas de todas las edades, procedencias e ideologías políticas. Negar ese espacio común bajo premisas dudosas de protección económica no hace a Rivas «más especial» o «más coherente» con sus principios históricos; simplemente la sitúa a contrapie de la realidad cotidiana de sus propios vecinos.

A veces, la mejor forma de cuidar de una comunidad no es protegerla de forma paternalista de la «corriente general», sino ofrecerle las herramientas para que disfrute de ella unida. En el empeño de seguir siendo la irreductible aldea gala frente al imperio de lo común, corremos el riesgo de quedarnos solos en la cabaña, mirando por la ventana cómo el resto del mapa celebra la fiesta. Y en esta ocasión, ser la excepción no nos hace mejores, solo nos hace más distantes.

PD: Esto lo escribo como un exripense desde Zamora (con gobierno de IU-PSOE) que podrá ver en la Plaza Mayor de mi nueva localidad con los que ahora son mis vecinos la final del Mundial de Fútbol.