Cada verano, cuando un gran incendio ocupa las noticias, parece que toda la sociedad despierta. Las imágenes de bosques calcinados, animales en peligro y familias evacuadas provocan una ola de tristeza e indignación. Sin embargo, esa reacción suele durar poco. Como sociedad, atravesamos un ciclo de emociones que comienza con la empatía, pasa por la apatía y, en algunos casos, termina en la antipatía. Este recorrido condena el problema y sus posibles soluciones al olvido.

La primera fase es la empatía. Durante los días del incendio, sentimos el dolor de quienes lo han perdido todo. Admiramos el trabajo de los bomberos, compartimos mensajes de apoyo y reclamamos medidas urgentes para evitar que vuelva a ocurrir. En esos momentos parece existir un compromiso colectivo con la protección del medio ambiente.

Pero cuando las llamas se apagan y desaparecen las noticias, llega la apatía. El incendio deja de ocupar nuestra atención y regresamos a nuestras rutinas. Las promesas de mejoras en la prevención, de invertir en la gestión de los bosques o de educar sobre el cuidado del entorno quedan relegadas a un segundo plano. El problema deja de ser una prioridad hasta que aparece el siguiente desastre. Es una indiferencia silenciosa que resulta tan peligrosa como el propio fuego, porque impide actuar cuando todavía estamos a tiempo.

Finalmente, surge la antipatía, no siempre como rechazo hacia las víctimas, sino como cansancio hacia el propio debate. Se cuestiona el gasto en prevención, se ridiculizan las advertencias de los expertos o se buscan culpables rápidos en lugar de soluciones duraderas. En vez de cooperar, aparecen la confrontación y el interés por defender posiciones partidistas. Así, el problema deja de entenderse como una responsabilidad compartida.

Este ciclo emocional explica por qué los incendios se repiten año tras año con consecuencias similares. No es solo una cuestión de clima, de gestión de la masa forestal o de recursos; también es una cuestión de memoria colectiva. Mientras nuestras emociones dependan únicamente de la actualidad marcada por el relato y el espectáculo, seguiremos reaccionando cuando el desastre ya sea inevitable y olvidándonos cuando aún podemos prevenirlo.

Aunque la empatía es una cualidad necesaria para comprender el sufrimiento ajeno, llevada al extremo también puede tener efectos negativos. Cuando la emoción domina por completo el debate, existe el riesgo de que el dolor inmediato nuble el juicio y desplace el análisis racional de las causas y las soluciones. La necesidad de reaccionar con rapidez o de mostrar solidaridad puede conducir a decisiones impulsivas, centradas en aliviar el impacto del momento, pero no en prevenir futuros incendios. Sentir es imprescindible, pero resolver problemas complejos exige complementar la empatía con pensamiento crítico y racional, planificación y una visión a largo plazo.

El verdadero reto consiste en romper este ciclo. Solo una sociedad capaz de mantener viva la preocupación cuando desaparecen los titulares será capaz de exigir políticas eficaces, cuidar su entorno y evitar que los incendios sean una tragedia repetida. Porque el mayor enemigo no siempre es el fuego: muchas veces es el olvido.

Dedicatoria

A todas las personas que han sufrido el devastador impacto de los incendios: a quienes han perdido sus hogares, sus recuerdos o su medio de vida; a quienes siguen luchando por reconstruir lo que las llamas les arrebataron.

Que esta dedicatoria sea un reconocimiento a su fortaleza y un recordatorio de que ninguna tragedia debería afrontarse con el abandono, la crispación o la indiferencia.