No soy muy aficionado al cine de catástrofes. Recuerdo que, siendo adolescente, se puso de moda este género y que algunas películas, como «El coloso en llamas» de John Guillermin e Irwin Allen o «Terremoto» de Mark Robson, ambas de 1974, se proyectaban en los cines con unos efectos acústicos especiales de la época, el Sensurround, que te hacían sentir, mediante vibraciones, como si tú mismo estuvieras participando de las peripecias que sufrían los personajes. Era un cine inmersivo, moderno para la época y que, a partir del éxito que tuvo entre un público ávido de novedades, creó un género que se ha consolidado en el tiempo, sobre todo gracias al desarrollo de los efectos especiales, la tecnología digital y la inteligencia artificial.

Sería largo y tedioso enumerar la lista de películas que nos han traído hasta las pantallas las desgracias y catástrofes, naturales o causadas por los seres humanos, y que han tratado del naufragio de barcos, huracanes, erupciones volcánicas, meteoritos que se dirigen hacia el planeta Tierra, tsunamis, epidemias, glaciaciones… También sería poco original reconocer que, ante la inmensidad y magnitud de los cataclismos, el guion y la dirección se centran en un puñado de personajes y en la mayoría en uno de ellos convertido en héroe (un científico, un fuera de la ley, un policía, un marginado, etc., que a menudo arrastra un trauma y que será capaz de superar gracias al amor que demostrará por la humanidad y a la chica que le servirá de apoyo en su intento de doblegar o paliar la catástrofe); en definitiva, un ejemplo más del héroe semi solitario que ya triunfaba en las películas de vaqueros, pero con un envoltorio mucho más espectacular.

La mayoría de estas películas tienen un final feliz. Si en algunas de las películas de vaqueros muchas veces el clímax final se rompía con la llegada del Séptimo de Caballería para salvar a los héroes de los malvados indios que estaban a punto de tomar el fuerte, en las de desastres y calamidades el protagonista (el bueno para los niños, el héroe para los adultos) casi siempre es reconocido por las autoridades por haber contribuido con su inteligencia, su capacidad física, su resiliencia, su sacrificio y su patriotismo a la salvación de su país y, solo en algunas ocasiones, del mundo mundial.

Lo más divertido para mí en estas superproducciones se encuentra en los últimos minutos de la película, justo antes de los créditos. Cuando ya se ha producido el clímax, cuando ya se ha desarrollado el anticlímax (generalmente el reencuentro del héroe con su media naranja, o su familia, o con todos a la vez, y el mundo está dispuesto para una reconstrucción, de la que, por supuesto, nadie duda), aparecen por los aires bandadas de helicópteros que cruzan los cielos (no se sabe para qué, pero quedan tan bien) llenando la pantalla de un optimismo mayúsculo. Van de un lado a otro como vagabundos, dejando en la banda sonora del filme un sonido de rotores casi tranquilizante, y yo los cuento uno por uno, pues, cuantos más aparecen en la película, más presupuesto tiene y más posibilidades tendrá de éxito. Les invito a que los cuenten también. No va a ser por falta de helicópteros…