La clase obrera y la izquierda han recuperado la calle, y los jóvenes han encontrado una motivación que les permite expresar su rebeldía y su descontento social.

Los interrogantes continuos sobre dónde están los jóvenes, o si están dormidos…, se han caído por su propio peso: los jóvenes están en las protestas por la masacre en Palestina bajo las bombas del sionismo; están en las reivindicaciones por los derechos del pueblo saharaui; en las protestas de las y los profes de infantil; en la lucha por la defensa de la sanidad pública; en los intentos de bloqueo contra los desahucios; en las luchas contra el deterioro de las universidades públicas; en las luchas feministas… Y ahora, más que nunca,
en la pelea contra los alquileres y por una vivienda digna. Los jóvenes han tomado las plazas de las principales ciudades de toda España: La Puerta del Sol, la Plaza de Cataluña, la Plaza del Ayuntamiento de Valencia, Las Setas de la Encarnación de Sevilla, la plaza del Arriaga en Bilbao, la plaza del Ayuntamiento en Toledo, en Granada, Almería, Jaén, Huelva, etc. Ya se han hartado de ser ‘los desheredados del supuesto estado del bienestar’, de
vislumbrar un futuro sin casa, con un trabajo precario, sin estabilidad para fundar una familia y expulsados de sus barrios, de sus ciudades e incluso de su país.

Nadie sin techo. La vivienda es un derecho. Ni gente sin casa, ni casas sin gente.

También es falso el discurso de que los jóvenes están en Vox, que es donde únicamente pueden expresar su enfado y su rabia. En estos días, los jóvenes están demostrando que su descontento y su rabia se suman a la de otros muchos miles de jóvenes y se concentra en las plazas, en las calles, delante de las puertas del Congreso y bajo el ático de más de seis millones y medio comprado por la Comunidad de Madrid para Isabel Díaz Ayuso, mientras desahuciaban a Mari Carmen, una anciana de 87 años, uno de los 25.000
desahucios que se producen cada año en nuestro país, dejando sin amparo, sin solución de vida, en la calle, a otras tantas familias.

Los dos decretos ‘tumbados’ en el Congreso por los votos del Partido Popular, de Vox y de Junts per Catalunya (Junts), no eran la solución, pero al menos impedían que los propietarios, los bancos, los fondos buitre, junto con los jueces pudieran seguir destruyendo vidas de familias enteras, mientras todos ellos se siguen enriqueciendo con los alquileres. No era algo definitivo porque era un parche temporal, pero a pesar de ello, esas tres derechas han preferido votar en contra de sus propios electores, en contra de esos mismos que son quienes les han elegido para que les representen y defiendan sus intereses. A mano alzada, todos los habitantes de este país han podido ver quienes votaban contra los más pobres, los que mañana estarán en la calle sin lugar alguno
donde cobijarse con sus hijos.

Las razones son varias: una, simplemente por estrategia de acoso y derribo del Gobierno; otra, porque ellos mismo son propietarios de numerosas viviendas en alquiler; y otra, porque partidos como Junts tienen que pagar las facturas de quienes les han venido asesorando y financiando: Galil Capital MDSR Investments, VBARE Iberian Properties (como Meitav Dash), Globe Invest / Tauro Real Estate, Urban View, Keren Business Development Spain, etc. Todas ellas empresas inversoras inmobiliarias, vinculadas a Israel.
Desde la reforma de los alquileres aprobada por el Gobierno Central en 2019, hasta ahora, el Gobierno Central (los primeros años con Podemos) ha aprobado trece intervenciones sobre la vivienda, todas votadas en contra por los partidos de derechas PP. Vox y Junts. Además, las Comunidades autónomas gobernadas por el PP y Vox se han encargado de boicotear cualquier iniciativa al respecto.

Es la primera vez, desde hace mucho tiempo que los jóvenes gritan ‘viva la lucha de la clase obrera’. En estos últimos años nos han hecho creer que todos éramos ‘clase media’, que la lucha de clases no existe. Mucha gente se ha dado cuenta de que dependemos solo de un salario, mayoritariamente precario, de que nuestro lugar de habitar ‘se come’ el 50% o más de él, que el coste de lo cotidiano de nuestra vida nos obliga a que lleguemos cada vez con más dificultad a fin de mes y que si, por una mala racha o quiebro del destino, nos quedamos sin trabajo, estamos completamente perdidos: pasamos inmediatamente a engrosar el ejército de los precarizados, simplemente nos quedamos sin nada. Y ahora que nos recortan derechos, privatizan la educación y la sanidad pública y el acceso a una vivienda en propiedad es imposible, es fácilmente entendible que los jóvenes se pregunten ¿Cuál es nuestro futuro?

La izquierda, que es la clase obrera, los más jóvenes, los del medio y los más viejos, hemos recuperado la calle que es nuestro lugar natural para expresarnos. Y los jóvenes, ‘porque a la fuerza ahorcan’, han encontrado una razón que, al menos en gran medida, canaliza su rabia, su frustración, sus ganas de luchar.

“Somos la generación mejor formada; no tenemos trabajo o, si lo tenemos, con salarios tan precarios que casi no nos permiten vivir; no podemos acceder a una vivienda alquilada y mucho menos comprada; cada vez menos servicios y menos derechos… ¿Dónde está nuestro futuro profesional, familiar y de vida?”, rezaba en una de las pancartas de la Puerta del Sol.