Como cada último domingo de septiembre, Rivas Vaciamadrid se preparó ayer para acoger a miles de fieles y curiosos en una de sus celebraciones más arraigadas: la Romería del Cristo de Rivas, también conocido como el Cristo de los Afligidos. Un evento que, más allá de su carácter religioso, se ha convertido en un símbolo de identidad para los habitantes de la región y en un punto de encuentro entre tradición, historia y devoción popular.
La jornada arrancó a primera hora con el cierre al tráfico de la carretera M-823, que permaneció cortada para facilitar el acceso de los romeros a la ermita y garantizar la seguridad durante el evento. A lo largo del día, se colocaron puestos con velas y exvotos de cera y se celebraron varias misas, tanto por la mañana como por la tarde, siendo el momento central la procesión tradicional que tuvo lugar tras la misa de las 12:00 del mediodía.
El actual enclave de la romería, la ermita del Santísimo Cristo de los Afligidos, guarda en su interior más que una imagen devocional. Su retablo, restaurado en 2022, preside un templo, de estilo herreriano, cargado de historia, cuyos orígenes se hunden en el corazón de la Edad Media. Para entender su relevancia, es imprescindible remontarse a siglos atrás, cuando, según la tradición, una talla sagrada cambió el destino de este lugar.
Según narra el historiador local Francisco José de Pablo Tamayo, fue en el año 1156 cuando un humilde pastor de cerdos halló una imagen de Santa Cecilia en una cueva situada en lo que hoy sería el ángulo oriental del antiguo claustro del convento, cerca de la entrada a la sala capitular y el refectorio. El hallazgo despertó una intensa devoción que pronto atrajo la atención de nobles y religiosos.
Uno de ellos fue don Juan Ramírez, Notario Mayor de Castilla y posiblemente descendiente del legendario Gracián Ramírez del año 720. Devoto de la Virgen de Atocha, don Juan inició la construcción de una ermita en el mismo lugar de la aparición. Aunque falleció en 1170 sin ver concluida la obra, su hijo, don García Ramírez, prosiguió la labor y logró finalizar el templo en 1207, instalando la imagen de Santa Cecilia en el altar mayor y proclamándola Patrona de Ribas de Jarama.
La sacralidad del lugar se reforzó durante los siglos siguientes. En las Descripciones Topográficas de Felipe II (1575), ya se recogía la fama de la ermita como lugar de milagros. Uno de los relatos más citados es el de un caballero que, en plena caza de un toro, cayó con su montura desde una alta peña al río Jarama. Según el documento: “…se encomendó a la bienaventurada Santa Cecilia, y cayó en el río y no se hizo cosa alguna.”
Cualquiera que haya recorrido el estrecho y escarpado camino que bordea la orilla oriental del Jarama puede imaginar el peligro que entrañaba una caída en ese paraje. La historia del jinete salvado por la santa no solo alimentó la fe popular, sino que consolidó la reputación del lugar como espacio de protección divina.
Y aún hoy, ciertos elementos naturales parecen querer dar continuidad a aquellos viejos relatos. En las inmediaciones del convento, cerca del muro que lo rodea, una higuera crece torcida hacia el cielo, como escapando del precipicio. Sus frutos —higos o brevas, según la temporada— han dado pie a una coplilla que aún se escucha entre los vecinos más antiguos:
En el Cristo de Rivas hay una higuera,
el que baja por higos, allí se queda.
Con el paso de los siglos, la figura de Santa Cecilia dio paso a otra devoción profundamente arraigada: la del Cristo de los Afligidos, cuya imagen se venera hoy en la ermita. Su fama como intercesor ante las penas y dificultades atrajo desde tiempos inmemoriales a devotos de toda la región madrileña (en 1993 se informó que más de 50.000 fieles acudieron a la romería del Cristo).
La romería actual es heredera de esa tradición, y no son pocos los que cada año acuden para agradecer favores recibidos o pedir consuelo en tiempos difíciles. Este domingo, Rivas volvió a vivir esa fusión única entre lo sagrado y lo festivo.






























