Dean Moriarty no es el profesor Moriarty de Sir Arthur Conan Doyle. No se trata de
aquel personaje misterioso, una de las poquísimas mentes criminales dignas de enfrentarse al talento deductivo de Sherlock Holmes. Dean Moriarty es el trasunto de Neal Cassady, algo así como la furiosa imagen sacrosanta y el desquiciado catalizador de la estadounidense Generación Beat, la generación de la contracultura y el underground, durante la década de los 50 del pasado siglo. Dean Moriarty, en fin, es el coprotagonista –junto a Sal Paradise, narrador en primera persona- de la ya legendaria On the road (En el camino, o mejor En la carretera), novela de 1957, poseedora de un estilo volcánico y de una prosa frenética y torrencial, que significó la consagración, de la noche a la mañana, del escritor de Massachusetts –aunque de origen francocanadiense- Jack Kerouac. Por  supuesto, si Neal Cassady había servido de inspiración para construir literariamente a Dean Moriarty, el propio Kerouac puso mucho de sí mismo a la hora de construir a Sal Paradise, mientras que los también excéntricos personajes de Old Bull Lee y Carlo Marx eran y serán siempre trasunto respectivamente, del escritor y artista visual William S. Burroughs –el autor de El almuerzo desnudo, novela no lineal y de gran imaginación- y del poeta Allen Ginsberg –al que se debe otro de los textos paradigmáticos de la Generación Beat, Aullido, con su verso inicial inolvidable: “Vi a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”-.

Sin ir más lejos, fue una doble lectura vertiginosa de Aullido la que me llevó a caer de
cabeza en las delirantes vicisitudes de Dean Moriarty y Sal Paradise; en la recurrencia de sus viajes, de flanco a flanco, por la ancha geografía de los Estados Unidos de América.
Recurrencia catártica en tanto que negadora de los valores yanquis establecidos: una y otra
vez la carretera se convierte en purificación del espíritu a través de la gozosa mortificación del cuerpo, ávido de experiencias al límite de la resistencia humana y, sobre todo, de fatigas sin necesidad de recompensas honorables en el horizonte. Casi siempre a escasísimos metros de convertirse en vagabundos mendicantes, Dean Moriarty y Sal Paradise tienen la sagrada certidumbre, recién concluida la Segunda Guerra Mundial, ya a finales de los años 40 de la pasada centuria –los que le sirven a la novela de marco cronológico-, de que el liderazgo estadounidense en el concierto de las naciones no se basa en la exaltación de la libertad sino en el culto desmedido al éxito y al dinero. Dean Moriarty y Sal Paradise, en definitiva, son tan visionarios como para intuir que el verdadero ocaso de su nación, y del rutinariamente llamado “mundo libre” del que nosotros formamos parte, vendrá de la mano de una plutocracia falsificadora y corruptora de la democracia. Justo la que hoy encabeza el incalificable magnate Donald Trump.

Jack Kerouac escribió, en la cuarta de las cinco partes de En el camino: “Tuve de pronto la visión de Dean, como un ángel ardiente y tembloroso y terrible que palpitaba hacia mí a través de la carretera, (…) vi sus alas; (…) vi el sendero abrasado que dejaba a su paso”.
Tentado estoy de proclamar algo feroz. Que la única némesis posible para el imperio
codicioso que nos hunde es el espíritu purificador, la “santidad natural” de Dean Moriarty.