Todo resultó laberíntico en la vida de Dimitri Shostakovich (San Petersburgo, 25 de
septiembre de 1906 – Moscú, 9 de agosto de 1975), y el hecho de que 2025 sea el año del
cincuentenario de su óbito nos lo recuerda más vivamente aún -¡valga la paradoja!-. He aquí al compositor que mejor supo retratar la crudeza, la violencia, el terror y toda la incertidumbre que trajo consigo el siglo XX; también al que expresó de modo más singular y enigmático la humanísima capacidad para resistir. El don de la resistencia, o de la resiliencia.
Shostakovich fue, junto a Prokofiev y Khachaturian, el genio musical más deslumbrante de la Rusia soviética: aquella U.R.S.S. de la que habían huido Stravinski o Rachmaninov, y que en 1936 no vaciló en condenar su atrevida y magnífica ópera Lady Macbeth de Mtsensk –sobre la narración homónima de Nikolai Leskov-. Al respecto, cuentan que si Shostakovich pudo sobrevivir a la ira de Stalin fue gracias a una carambola digna de figurar en aquella disparatada y espléndida novela de Mijaíl Bulgákov, El maestro y Margarita: antes de haber concluido tan macabra labor, el funcionario encargado del expediente de su purga fue purgado a su vez (¡!). Huelga decir que todo el episodio de Lady Macbeth… apartó a Shostakovich de la literalidad de los argumentos operísticos, inclinándole definitivamente hacia la mayor abstracción del lenguaje sinfónico; así, las cuatro primeras sinfonías se convirtieron en quince con el correr de los años.
La intensa Quinta le procuró una especie de redención que, en cualquier caso, tuvo muchísimo de precaria hasta el fin del estalinismo; en cuanto a la inmortal Séptima, la colosal Sinfonía “Leningrado”, fue indudablemente la ocasión que el destino le estaba reservando a Shostakovich para una consagración internacional de lo más rocambolesca. En pleno cerco nazi de la antigua San Petersburgo durante la Segunda Guerra Mundial, años antes de que la política de bloques terminase instalando la llamada “Guerra Fría”, la partitura completa de la obra –que había sido escrita, ardorosamente, en las condiciones más adversas que quepa imaginar- fue microfilmada, “colocada en una lata y enviada secretamente a Estados Unidos, en una tortuosa ruta de automóvil y avión que pasó por Teherán, El Cairo y Sudamérica, antes de acabar en la ciudad de Nueva York”, como bien relata el musicógrafo Phillip Huscher. El 19 de julio de 1942, Arturo Toscanini y su Orquesta Sinfónica de la NBC presentaron la sinfonía en el país, “en una emisión de radio que llegó a millones de oyentes”. ¿Sorprenderá, pues, que la efigie de Shostakovich con casco de bombero –pues bombero fue durante buena parte de la defensa de Leningrado- llegase a ser portada de la revista “Time”?
Incluso hoy, cincuenta años después de su partida del mundo, la figura del compositor nos sigue transmitiendo una profunda sensación de paradoja. Acérrimo sinfonista en tiempos de furiosas vanguardias, la interpretación de su legado se complica todavía más si hacemos
hincapié en su difícil posición bajo el régimen soviético; régimen al que debió, sin ningún
género de duda, el desengaño más grande de su vida. Como pocos artistas de los tiempos
modernos, Dimitri Shostakovich representa al creador enfrascado en hallar la salida del
laberíntico entramado de la Historia.


























