A lo largo de siglos de literatura, la muerte ha sido uno de los temas más recurrentes entre numerosos autores. La necesidad de hablar de ella está presente en poemas, novelas o en cualquier tipo de historia que el ser humano haya transmitido de generación en generación.
Pero en la mayoría de los casos, se ha tratado desde un enfoque épico, dotando a la muerte de un romanticismo que no suele corresponderse con la realidad.
Desde los trágicos suicidios de Romeo y Julieta hasta los perturbadores crímenes descritos por Edgar Allan Poe, la literatura se ha empeñado en dotar a ese último episodio de nuestras vidas de un carácter extraordinario. ¿Cómo olvidar ese canto seductor de las
sirenas en La Odisea que no hacía otra cosa que atraer hasta la muerte a todo aquel que lo escuchase?
La historia de la literatura está llena de muertes memorables como puede ser la de Kurtz en El Corazón de las Tinieblas o el capitán Ahab en Moby Dick. Muchas de ellas rodeadas de un halo de grandiosidad y enmarcadas en escenarios difíciles de olvidar. E incluso la soñadora idea de su ausencia ha sido tratada en numerosas ocasiones, como en aquellas famosas intermitencias de la muerte de Saramago. Y es que lo excepcional llama poderosamente nuestra atención. Las batallas épicas, los grandes crímenes o incluso el suicidio por amor.
Pero lo excepcional es justamente eso: excepcional. Y, aunque no deja de ser atractivo, a mí me interesa mucho más ―como lector y como escritor― lo ordinario, lo que no sale en las noticias ni en las grandes crónicas.
Lo habitual es que la muerte aparezca en nuestras vidas de una manera mucho más discreta y mundana. El lugar donde nos encuentra suele ser, en muchas ocasiones, una habitación de hospital. No hay citas célebres ni espadas que se batan en duelo. Suele haber silencio y, muchas más veces de lo que nos creemos, también soledad. Esa es la muerte que a mí me interesa, la que habla de una mano que abraza a otra esperando durante días el fatal desenlace. La que se rodea de pitidos de máquinas que controlan el ritmo cardiaco, la que se interrumpe por enfermeras que aparecen una y otra vez para hacer sus controles rutinarios, la de televisores de pared que funcionan por un euro la hora. La que aparece en una habitación con dos camas donde una cortina separa en ocasiones la alegría y la tristeza. La de las miradas que no se atreven a decir la verdad. La de las lágrimas contenidas. Esa, precisamente esa, es la que a mí me interesa. Esa que, si estamos dispuestos, nos da la oportunidad de mirarla de frente, y sin grandes frases ni aspavientos, es capaz de atravesarnos. Con todo su dolor y su crudeza. Pero también con toda la paz que puede traer consigo un abrazo infinito justo antes de fundirnos con ella.

























