En la noche de los tiempos —presentes, pasados y futuros—, imagino al ser humano sin edad ni raza, cultura, religión o género, debatiéndose entre sus sueños. Al amparo de sus contradicciones, agazapado tras sus deseos y pasiones, siento cómo anhela riquezas y poder, mientras sus ambiciones golpean su tambaleante moralidad. Le reconozco desnudo ante su realidad humana.
De repente, veo a tres diablillos sin rostro ni silueta reconocibles, invadiendo su estancia y revoloteando sobre él mientras le hablan:
—«El error que cometes, ¿acaso no lo ves?, es pensar que se puede vivir en una sociedad corrupta sin ser corrupto uno mismo» (George Orwell) —le incrimina el primero.
—«Casi todos los hombres pueden soportar la adversidad, pero si quieres probar su carácter, dales poder» (Abraham Lincoln) —puntualiza el segundo.
—«Dentro de cada uno de nosotros está la semilla del bien y del mal. Es una lucha constante sobre cuál ganará. Y uno no puede existir sin el otro» (Eric Burdon) — recapacita el tercero.
Observo cómo esos seres endiablados dejan de revolotear y se reagrupan. Le miran fríamente, hablándole a coro con sus dedos en posición acusadora:
—¿Te has parado a pensar cuál es tu precio? Tras ello, se diluyen en el aire y desaparecen, dejándole pensativo. Sin poderlo evitar, se interroga:
—¿Cuántas monedas necesito para sucumbir a las mundanas tentaciones y a los delirios de grandeza?
Criticamos la corrupción en los demás, pero negamos la evidencia de que todos nacemos con una probabilidad de sufrir esa enfermedad social y la llevamos a nuestras espaldas a lo largo de nuestra vida. Es como si viniera en nuestros genes y se incrementara o aminorara en función de la educación que recibimos y de las situaciones vitales que experimentamos. También, en cierta medida, está condicionada por nuestra suerte o destino.
La clave está en determinar cuál es nuestro precio y a cambio de qué. Todos tenemos plantadas semillas en nuestro interior que, cuando se den las circunstancias personales y ambientales propicias, podrían germinar y convertirnos —a mayor o menor escala— en corruptos o corruptores. La corrupción tiene un único apellido, pero diferentes nombres propios: soborno, extorsión, fraude, tráfico de influencias, cohecho, nepotismo, prevaricación, abuso de menores, trata de personas y otros más. Incluso, como sucede con los virus, muta a nuevas variantes cada vez más contagiosas.
Imaginen a una persona ficticia, pero creíble, que juega a ser aprendiz de demonio con nosotros. Nos tienta para averiguar hasta dónde estamos dispuestos a corrompernos por dinero. Sean honestos consigo mismos. No se asusten si piensan que podrían sucumbir fácilmente; o siéntanse orgullosos porque piensen que le costaría hacerles caer. Incluso habrá quienes se crean sordos a sus tentaciones, pero que sean culpables de su silencio por no denunciar lo sucedido.
Mientras no se afronte de cara y sin ambages este problema y se admita que yo puedo ser tu demonio y viceversa, no podremos estar en el camino de atacarlo como se merece.

























