Once vecinos y vecinas han llevado este domingo al Centro Cultural Federico García Lorca un recorrido por la transformación del municipio, desde las primeras cooperativas de vivienda y la organización vecinal hasta la consolidación de sus servicios, su cultura y su tejido comunitario.
Rivas ha vuelto este domingo la mirada hacia sus propios orígenes. Once vecinos y vecinas han subido al escenario del Centro Cultural Federico García Lorca para representar el resultado de una semana de trabajo intensivo dentro del Festival de Cultura en la Calle, impulsado junto a la productora artística La Voz Ahogada Projecte Escènic.
La propuesta ha utilizado la memoria de sus protagonistas para recorrer algunos de los momentos que explican cómo se transformó Rivas y cómo fueron apareciendo muchas de las estructuras y servicios que hoy forman parte de la vida cotidiana del municipio.

La historia comienza en los años 80, cuando la subida del precio de la vivienda en Madrid llevó a muchas familias a buscar alternativas en municipios del entorno. La obra sitúa en ese contexto el nacimiento de cooperativas como Covibar o Pablo Iglesias y la llegada de vecinos a un Rivas que todavía tenía apenas unos cientos de habitantes y carecía de buena parte de los servicios básicos. El propio montaje recuerda también el contexto legislativo de aquellos años, como el llamado Decreto Boyer de 1985 y sus efectos sobre el mercado del alquiler, para explicar el escenario de vivienda que rodeó el crecimiento de estas cooperativas.
A partir de ahí, las escenas muestran cómo aquella falta de servicios obligó a los primeros vecinos a organizarse: un economato comunitario, compras compartidas, transporte colectivo hasta Madrid o la creación de comisiones para impulsar actividades culturales y deportivas. También las carencias de agua y luz, la ausencia de determinados servicios sanitarios o la necesidad de mejorar los equipamientos educativos forman parte del relato.
El paso del tiempo se representa también a través de algunos de los hitos que fueron modificando el municipio. Entre ellos aparece la llegada del metro, presentada desde la perspectiva de unos vecinos que acuden a su inauguración mientras preparan, al mismo tiempo, nuevas reivindicaciones: desde la atención sanitaria especializada hasta la escuela de educación especial. La escena resume así una de las ideas que atraviesan toda la obra: la celebración de cada avance convivía con la necesidad de seguir reclamando aquello que todavía faltaba.
Ya en una Rivas más consolidada, los personajes aparecen vinculados a talleres culturales, el Banco del Tiempo, actividades del Chico Mendes, voluntariado, teatro o distintas iniciativas comunitarias. Es entonces cuando la obra conecta el pasado con el presente y plantea qué ocurre cuando una generación que creció en ese entorno empieza a dar por normal una forma de vida que, en realidad, fue construida durante décadas por sus propios vecinos.

El mensaje que deja la obra es precisamente ese: no dar nada por hecho.
La representación reivindica así la importancia de conservar y transmitir esa memoria. Porque, como recuerdan los propios participantes, siempre quedan otras historias y otras memorias por contar, y conocerlas permite entender de dónde viene el municipio y cómo se ha construido la Rivas actual.

La obra termina precisamente con esa llamada a seguir contando y compartiendo lo vivido y con una última reivindicación del papel de la cultura y la memoria para mantener vivo el tejido social. Una conclusión que los propios participantes convierten en un “acto de resistencia” frente a quienes, según se expresa desde el escenario, pretenden acabar con la cultura. «La orquesta sinfónica Alma Mahler, los talleres llenos de gente, el auditorio Pilar Bardem no son para siempre. Es nuestro deber protegerlos», concluye uno de los vecinos y protagonistas de la obra.
































